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En todos los casos de intenso prejuicio caracterológico emerge un factor común: la tendencia a sentirse amenazado. En la raíz de la personalidad parece existir una inseguridad subyacente. El individuo no puede enfrentar el mundo con firmeza y de una manera frontal. Parece tener miedo de sí mismo, de sus propios instintos, de su propia conciencia, del cambio y de su ambiente social. Puesto que no puede vivir cómodo consigo mismo ni con los demás, se ve forzado a organizar todo su estilo de vida, incluyendo sus actitudes sociales, de manera de acomodarlas a esta torturada condición. No se trata de que comiencen por estar deformadas sus actitudes sociales específicas sino que es su yo el que está lisiado.
Las muletas que necesita deben cumplir varias funciones. Deben tranquilizarlo por los fracasos pasados, guiarlo con seguridad en cuanto a la conducta presente y darle confianza frente al futuro. Si bien el prejuicio por sí mismo no hace todas esas cosas, se desarrolla como un incidente importante en el ajuste protector total.
Por cierto que no todo prejuicio caracterológico llena los mismos fines precisos en cualquier personalidad prejuiciosa, porque la tendencia a sentirse amenazado difiere en su naturaleza de persona a persona. En algunas, por ejemplo, puede estar particularmente vinculada con conflictos infantiles no resueltos, conflictos con los padres o con los hermanos; en otras, con fracasos reiterados en años posteriores. Pero, de cualquier modo, es probable que encontremos un cuadro de alienación del yo, de ansiedad de definición, seguridad, autoridad. Las personalidades que por cualquier razón se sienten amenazadas tienden a elaborar pautas similares de acomodación a la vida en general.
Un rasgo esencial de esta pauta es la represión. Puesto que la
persona no puede enfrentar y dominar en su vida consciente los conflictos que se le presentan, los reprime total o parcialmente. Se fragmentan, se olvidan, no se los enfrenta. El yo no puede integrar, simplemente, la miriada de impulsos que surgen dentro de la personalidad y la miriada de presiones ambientales que llegan desde afuera. Este fracaso engendra sentimientos de inseguridad y estos sentimientos, a su vez, engendran represión.
De modo que un resultado notorio de los estudios sobre personalidades prejuiciosas parece ser el descubrimiento de una aguda escisión entre el nivel consciente y el inconsciente. En un estudio de jóvenes universitarias racistas, éstas daban la impresión de ser jóvenes encantadoras, alegres, bien adaptadas y enteramente normales. Eran bien educadas, virtuosas, y parecían estimar a sus padres y a sus amigos. Esto era lo que podía ver un observador común. Pero calando más hondo (con la ayuda de tests proyectivos, de entrevistas, de historias individuales), estas jóvenes demostraron ser muy diferentes. Bajo la apariencia exterior convencional, yacía una intensa ansiedad, mucho odio acumulado contra los padres, impulsos destructivos y crueles. En el caso de las estudiantes tolerantes, sin embargo, no existía la misma escisión. Sus vidas estaban más integradas. Las represiones eran menores y más moderadas. La persona que estas jóvenes ofrecían al mundo no era una máscara sino su verdadera personalidad. Al tener pocas represiones no sufrían la
alienación del yo, y al enfrentar de manera franca sus propios achaques no necesitaban de ninguna pantalla de proyección.
Este estudio, al igual que otros, revela que es probable que las
consecuencias de una tal represión sean las siguientes: ambivalencia hacia los padres, rigorismo moral, dicotomización, necesidad de definición, externalización del conflicto, institucionalismo y autoritarismo. Todas estas características pueden ser consideradas como recursos para reforzar un yo débil, incapaz de enfrentar sus conflictos directa y francamente. Son, por lo tanto, los rasgos que distinguen a una personalidad en la que el prejuicio es funcionalmente importante.
Ambivalencia hacia los padres
Los autores del estudio hallaron que sin excepción estas jóvenes declararon que querían a sus padres. No obstante, en la interpretación de láminas, la mayoría de las respuestas frente a figuras paternas acusaban a éstas de mezquindad y crueldad, y traicionaban celos, sospechas y hostilidad por parte de la hija. En contraste con ello, las sujetos no prejuiciosas de la misma experiencia eran mucho más críticas con respecto a sus padres cuando discutían abiertamente el punto con la persona que las entrevistaba, pero mostraban menos animosidad en los tests proyectivos ". Los sentimientos de estas últimas jóvenes hacia sus padres eran más diferenciados. Es decir, veían las faltas de sus padres y los criticaban abiertamente, pero también veían sus virtudes y en general se llevaban bastante bien con ellos. Las jóvenes prejuiciosas estaban escindidas en la superficie todo era dulzura y "encanto, y ésta era la imagen que se ofrecía a la vista de todo el mundo; pero en el fondo solía existir una vigorosa rebeldía. El sentimiento se había bifurcado. Las jóvenes racistas tenían más fantasías de muerte de los padres.
A pesar de esta animosidad subterránea parece haber menos fricciones ideológicas entre los jóvenes prejuiciosos y sus padres. Cuando son niños adoptan las opiniones de los padres, especialmente sus actitudes étnicas. Lo hacen porque la imitación ideológica es exigida y recompensada. En estos hogares las condiciones de educación infantil que tienden a prevalecer son la obediencia, el castigo, el rechazo real o su amenaza.
Predomina una relación de poder y no de amor.
En tales circunstancias suele ser difícil para el niño identificarse completamente con los padres porque sus necesidades afectivas no son satisfechas. Aprende por medio de la imitación, coaccionado por la recompensa, el castigo, la reprobación. No puede aceptarse totalmente a sí mismo y a sus defectos, pero debe estar siempre en guardia contra la pér dida de la benevolencia. En esa situación familiar un niño nunca
sabe bien a qué atenerse. En todo momento pende sobre él una
amenaza.
Rigorismo moral
Esta ansiedad se refleja en la rígida actitud moralista que adopta la mayoría de las personalidades prejuiciosas. La insistencia estricta en la limpieza, los buenos modales, las convenciones, es más común entre ellas que entre las personas tolerantes. Cuando se les hizo la pregunta "¿Cuál es la experiencia más embarazosa?", las jóvenes racistas respondían en términos de violaciones de costumbres y convenciones en público. En cambio, las jóvenes sin prejuicio hablaban con mayor frecuencia de algún trastorno en las relaciones personales, tal como la imposibilidad de cumplir lo que un amigo espera de uno. Las jóvenes racistas tienden también a expresar acerbos juicios morales sobre otras personas. Una dijo:
"Yo condenaría a todo el que hace huelga a 50 años de prisión." Las sujetos tolerantes, en cambio, muestran mayor lenidad hacia las transgresiones de las costumbres. Condenan con menos rigor las faltas, incluso las violaciones de las normas sexuales. Toleran la debilidad humana, así como toleran a los grupos minoritarios.
Los estudios hechos con niños muestran las mismas tendencias. Al preguntárseles cuáles son las cualidades del muchacho o la chica ideal, los niños prejuciosos mencionaban en general la pureza, la pulcritud, los buenos modales; los niños más liberales suelen contentarse con mencionar simplemente el compañerismo y el carácter divertido.
La teoría genética que yace debajo de una escrupulosidad semejante tiene que ver con el fracaso temprano del niño por vivir con sus propios impulsos. Supongamos que se lo castiga y se lo hace sentir culpable cada vez que se ensucia, cada vez que lo encuentran tocándose los genitales (recordamos que las madres de los niños con prejuicios tienen mayor tendencia a castigar al niño por esta ofensa, cada vez que tiene una rabieta, cada vez que le pega a uno de progenitores. Un niño que ve que todos sus impulsos son condenados y que siente que no es amado cuando les da curso, es probable que crezca odiándose a sí mismo por sus muchas transgresiones. Lleva el peso de la culpa infantil. Como consecuencia, cuando ve en los otros cualquier apartamiento del código convencional, se pone ansioso. Quiere castigar al transgresor, así como a él se lo castigaba. Llega a tener miedo de los mismos impulsos que lo turban. Cuando una persona está demasiado preocupada por el pecado que puede haber en los otros, cabe considerar a la tendencia como una "formación reactiva". Al tener que luchar con impulsos impíos dentro de sí mismo, no puede permitirlos ni considerarlos con lenidad en los demás.
E1 individuo tolerante, en cambio, parece haber aprendido temprano en su vida la manera de aceptar los impulsos sobre los que pende un tabú social. No tiene miedo de sus propios instintos; no es mojigato; considera de modo natural las funciones corporales. Sabe que cualquiera puede perder la benevolencia ajena. En su propia educación, los padres tuvieron la habilidad de enseñarle la línea de conducta socialmente correcta sin retirarle su amor cuando él no lograba seguir esa línea. El individuo tolerante, al haber aprendido a aceptar lo malo de su propia naturaleza, no se pone ansioso y asustado cuando ve (o imagina) un mal similar en los demás. Su actitud es humanitaria, compasiva, comprensiva.
El rigorismo moral representa solamente una sumisión superficial; no resuelve los conflictos internos. Es tenso, compulsivo, proyectivo. La verdadera moralidad es más relajada, más integral y coherente con las pautas vitales en su conjunto.
Pensar en blanco y negro
Hemos dicho que los niños con prejuicios, más a menudo quelos que carecen de ellos, sostienen que "hay dos clases de personas: las débiles y las fuertes"; también que "hay una sola manera correcta de hacer las cosas". Los adultos con prejuicios evidencian la misma tendencia a las alternativas. Los hombres con alguna predisposición étnica suscriben con mayor frecuencia la proposición "Hay solo dos clases de mujeres: las que son puras y las malas mujeres."
Los que tienden a dicotomizar en sus operaciones cognitivas son las mismas personas que acentúan la distinción entre el endogrupo y el exogrupo.
Otra manifestación de la necesidad de definición la encontramos en la forma en que las personas prejuiciosas se aferran a soluciones pasadas. Si se les muestra un dibujo con contornos claramente definidos que representa un gato, y si a lo largo de una serie de breves exposiciones esta figura va sufriendo graduales transformaciones hasta que aparece el dibujo de la silueta de un perro, los sujetos más prejuiciosos se aferran a la imagen del gato durante un tiempo más largo. Ellos no ven el cambio con tanta rapidez; ni tampoco expresan: "No sé lo que es"
Este experimento nos muestra que las personas prejuiciosas son
más dadas a la perseveración, lo que significa que las soluciones viejas y probadas son consideradas como puntos de referencia seguros.
El experimento también descubre un interesante fenómeno concomitante. Las personas con prejuicios parecen tener miedo de decir."No sé". Hacerlo equivaldría a zafarse de su punto de referencia cognitivo. Este resultado se ha repetido en investigaciones muy diversas.
En un experimento que consistía en el reconocimiento de nombres y rostros, se le pidió a los sujetos que le dijeran qué nombre se asociaría a cada uno de los rostros. Aquéllos con muchos prejuicios hicieron numerosas suposiciones incorrectas, mientras que los que tenían pocos prejuicios se negaban muchas veces a hacer conjeturas, admitiendo su fracaso10. Roper, al estudiar los resultados de una encuesta de la opinión pública, informa que los individuos con intenso racismo dan una proporción escasa de respuestas "no sé", cuando se les pregunta su opinión acerca de acontecimientos actuales n. Las personas prejuiciosas, según parece, se sienten más seguras cuando "conocen las respuestas".
La necesidad de definición tiende a llevar a una constricción de los procesos cognitivos. El individuo no logra ver todos los aspectos pertinentes del problema que lo ocupa.
De todos estos experimentos se extrae una conclusión semejante. Las personas prejuiciosas exigen estructuras netas en su mundo, aun cuando se trate de estructuras estrechas e inadecuadas. Donde no existe el orden, ellas lo imponen. Cuando se necesitan nuevas soluciones, ellas se aferran a los hábitos probados y verificados. Siempre que es posible, se apegan a lo que es familiar, seguro, simple, definido.
Existen por lo menos dos teorías acerca de la razón de esta intolerancia a la ambigüedad. Ambas pueden ser correctas. Una sostiene que la imagen de sí de las personas prejuiciosas está muy confusa. Desde pequeños no les ha sido posible nunca integrar sus naturalezas; el resultado es que el yo mismo no proporciona un firme punto de anclaje. Como compensación, por lo tanto, el individuo debe encontrar una definición externa que lo guíe. No existe definición interna.
La otra teoría, algo más compleja, sostiene que en su niñez los
individuos prejuiciosos han sufrido mucha privación. Se les prohibían muchas cosas. Por lo tanto se han tornado aprensivos frente a la dilación y a las gratificaciones, porque la dilación podría significar privación. En consecuencia, han desarrollado una urgente necesidad de respuestas rápidas y definidas. Pensar abstractamente es arriesgarse a la ambigüedad y a la incertidumbre. Mejor no arriesgarse, mejor adoptar modos de pensamiento concretos, aunque sean rígidos.
En favor de esta opinión, recordamos la evidencia de que las personas
con prejuicios parecen realmente más susceptibles a la frustración. Su poca tolerancia puede muy bien ser la razón por la que siempre quieren ver el terreno que pisan, porque solo con un campo perceptual claramente estructurado pueden evitar la amenaza de frustración.
Institucionalismo y falta de conocimiento
Las personas prejuiciosas son propensas a la proyección, a ver en los demás cualidades que deberían ver en sí mismos, pero que no logran ver. En realidad, parecen carecer de autocompresión profunda en toda la línea.
Para la persona con prejuicios las cosas parecen suceder afuera. Ella carece de control sobre su destino. Cree, por ejemplo, que "aunque muchas personas pueden tomarlo a broma, es posible demostrar que la astrología puede explicar muchas cosas". Las personas tolerantes, en cambio, tienden a creer que nuestro destino no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos.
Las jóvenes prejuiciosas, al contar historias en base a láminas
veían más a menudo los acontecimientos como cosas que ocurrían sin la activa participación de la heroína. La acción está determinada por el destino (por ejemplo, el novio de la heroína muere en la guerra) y no por aquélla. Cuando se les hace la pregunta: "¿Qué puede hacer enloquecer a una persona?", los sujetos prejuiciosos responden en términos de amenazas
externas, o si no dicen algo por el estilo de lo siguiente: "ideas que
les dan vuelta por la cabeza". Ambas respuestas señalan instancias
externas incontroladas. No son las propias flaquezas o acciones las
que podrían "hacer que uno enloquezca".
Para explicar esta tendencia podemos referirnos otra vez a la
alienación del yo como un factor subyacente. Es más fácil y seguro
para una persona con conflictos interiores evitar la autorreferencia.
Es mejor pensar que las cosas le ocurren a ella y no que están pro-
vocadas por ella. La extropunitividad como rasgo, es una expresión
de esta tendencia generalizada. La relación con el prejuicio de grupo
es obvia: no soy yo quien odio y ofendo a los otros; son ellos quienes
me odian y me ofenden.
La persona con prejuicio caracterológico, además ama el orden, pero
sobre todo el orden social. En sus netas afiliaciones institucionales
encuentra la seguridad y la definición que necesita. Logias, escuelas,
iglesias, la nación, pueden servir como defensas contra la inquietud que reina en su vida personal. Al apoyarse en ellas evita tener que apoyarse en sí mismo.
La investigación muestra que, en general, las personas prejuiciosas son más afectas a las instituciones que las no prejuiciosas. Las jóvenes universitarias racistas están más prendadas de sus hermandades; son más religiosas al modo institucionalista; son más intensamente "patriotas". Al preguntárseles: ¿Cuál es la experiencia que inspira mayor veneración?", suelen responder en términos de acontecimientos externos, patrióticos y religiosos.
Muchos estudios han descubierto un estrecho vínculo entre el prejuicio y el "patriotismo". Las personas con prejuicios extremos, son casi siempre superpatriotas. Intentan hallar una isla de seguridad institucional y La nación es la isla que eligen. Es un punto de referencia positivo: es su país, bueno o malo, está por encima de la humanidad y es más deseable que un estado mundial. Tiene el carácter definido que él necesita.
Cuanto mayor es el grado de nacionalismo, mayor el racismo. El racismo no es simplemente la sombra que forjan el miedo y la ansiedad. Muchas personas aprensivas y frustradas nunca llegan a ser racistas. Lo que es importante es el modo en que se manejan el miedo y la ansiedad. La manera institucionalista, en especial la nacionalista, parece ser el nudo de la cuestión.
La persona prejuiciosa no ve ninguna contradición en el hecho de que quiera expulsar de su benéfica órbita a aquéllos que considera como intrusos amenazadores y como enemigos, a las minorías. Lo que es más, la nación representa el statu quo. Es un agente conservador; dentro de ella están todas las divisas que él aprueba para una vida segura.
Autoritarismo
La vida en una democracia es un poco desordenada. Las consecuencias de la libertad personal son para ellos impredecibles. La individualidad crea indefinición, desorden, cambio. Es más fácil vivir en una jerarquía definida, donde las personas son tipos, y donde los grupos no están constantemente transformándose y disolviéndose.
Para evitar esa labilidad la persona prejuiciosa busca la jerarquía en la sociedad. Las relaciones de poder son definidas: algo que ella puede comprender y en lo que puede confiar. Le gusta la autoridad, y dice que lo que se necesita es más disciplina.
Claro está que por disciplina el entiende una disciplina exterior, ya que prefiere, por así decirlo, que la gente tenga la columna vertebral fuera, y no dentro de sí. Cuando se les pide a los estudiantes que den una lista de los grandes hombres a quienes más admiran, los estudiantes con prejuicios suelen dar nombres de líderes que han ejercido poder y control sobre otros hombres (Napoleón, Bismark) mientras que los que carecen de prejuicios dan, con mayor frecuencia, los nombres de artistas, benefactores de la humanidad, hombres de ciencia (Lincoln, Einstein).
Esta necesidad de autoridad refleja una profunda desconfianza hacia los seres humanos. En este mismo capítulo ya hemos hecho notar la tendencia de las personas con prejuicios a estar de acuerdo fcon que "el mundo es un lugar pleno de riesgosven el que los hombres son seres básicamente malos y peligrosos". Ahora bien, la filosofía esencial de la democracia es la opuesta. Nos dice que debemos confiar en una persona hasta que ésta no demuestre que es indigna de confianza. La persona con prejuicios hace lo contrario. Desconfía de toda persona hasta que ella no demuestre ser digna de confianza.
Para la persona con prejuicios la mejor manera de controlar
estas sospechas consiste en tener una sociedad ordenada, autoritaria,
poderosa. Hitler y Mussolini no estaban tan equivocados: necesitamos un vigoroso líder, un hombre de a caballo.
Contamos con evidencias de que la pauta autoritaria puede quedar instalada a edad temprana. Los niños con prejuicios manifiestan una tendencia mayor que la de otros niños a creer que "los maestros deben decirle a los alumnos lo que tienen que hacer y no preocuparse por lo que éstos quieren". Ya a la edad de siete años, el mismo tipo de niño se inquieta y se encuentra perdido si el maestro no le da instrucciones acerca de lo que tiene que hacer, estableciendo sus obligaciones de manera definida y autoritaria.
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