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La personalidad tolerante

por Gordon Allport

Gordon Allport
columna fina
Análisis del carácter
de Wilhelm Reich
ISBN: 9788446016526
Diccionario Akal Internacional del Psicoanálisis
de Alain de Mijolla
El lenguaje del cuerpo
de Alexander Lowen
ISBN: 9789681303464
Bioenergética
de Alexander Lowen

La palabra "tolerancia" puede parecer algo blanda. Cuando decimos que toleramos un dolor de cabeza, o el hecho de vivir en un apartamento barato, o que toleramos a un vecino, por cierto no queremos decir que nos gustan esas cosas, sino simplemente que a pesar de nuestro desagrado las soportamos. Tolerar a los recién llegados en una comunidad es meramente un acto negativo de decencia.

Sin embargo el término tiene también un sentido más enérgico. Decimos que un individuo que está en términos buenos y amistosos con todo tipo de gente es una persona tolerante. No hace distinciones de raza, de color ni de credos. No sólo soporta, sino que en general aprueba a sus prójimos. Es este grado más caluroso de tolerancia lo que queremos discutir. Con todo, no deja de ser infortunado que el idioma inglés carezca de un término mejor para expresar la actitud amistosa y confiada que puede tener una persona hacia otra, más allá de toda consideración acerca del grupo al cual cada uno de ellos pertenece.

Algunos autores prefieren el concepto de "personalidad democrática" o de "personalidad productiva". Pero, desgraciadamente, la investigación sobre los buenos vecinos es menos abundante que la de los malos vecinos. Los delincuentes atraen a los investigadores antes que los ciudadanos respetuosos de las leyes. Al investigador médico le interesa más la enfermedad que la salud. Y es la patología del prejuicio y no el saludable estado de tolerancia lo que interesa, por regla general, a los estudiosos de las ciencias sociales. No es sorprendente, por lo tanto, que sepamos menos de la tolerancia que acerca del prejuicio.

Vida temprana

La mayoría de nuestros conocimientos genéticos proviene de los grupos de control que se utilizan en los estudios del prejuicio. Lo habitual es comparar un grupo de individuos tolerantes con otro de individuos intolerantes y después observar los factores previos que diferencian a ambos.

Los niños tolerantes, según parece, es más probable que provengan de hogares con una atmósfera permisiva. Se sienten bienvenidos, aceptados, amados, no importa lo que hagan. El castigo no es cruel o caprichoso, y el niño no tiene que cuidarse en todo momento de impulsos que podrían precipitar sobre su cabeza la cólera de sus padres.

La tendencia a sentirse amenazado, que se halla tan a menudo en los niños con prejuicios, está relativamente ausente en la historia de los niños tolerantes. La nota clave en sus vidas es la seguridad y no la amenaza. A medida que el sentido de identidad se desarrolla, el niño es capaz de sintetizar sus propias tendencias hacia el placer con las demandas de la situación exterior y con su propia conciencia en desarrollo. Su yo encuentra suficiente gratificación sin tener que recurrir a la represión, y sin que la culpa lo obligue, por medio de la proyección, a echarle la culpa a otros.

En consecuencia, no hay ninguna escisión abrupta entre los niveles consciente e inconsciente de sus vidas mentales y emocionales. La actitud hacia los padres está bien diferenciada. Es decir que mientras el niño, en general, los acepta, puede criticarlos sin temor. A diferencia del niño prejuicioso, no los ama conscientemente para odiarlos inconscientemente. Su actitud es matizada y pública, afectuosa pero no hipócrita. Los acepta tal cual son y no vive aterrorizado frente a sus poderes superiores.

Puesto que los conflictos morales, por lo común, son manejados satisfactoriamente, existe menos rigidez y menos predisposición a ser despiadado con los errores que cometen los demás. Las transgresiones de las costumbres y los códigos son tolerados. El buen compañerismo y el carácter divertido son considerados como cosas más esenciales que los buenos modales y la conducta "correcta".

La mayor flexibilidad mental de la persona tolerante (ya en la niñez) queda evidenciada por su rechazo de la lógica de dos valores. Es difícil que esté de acuerdo con la afirmación de que "solo hay dos clases de personas: los débiles y los fuertes"; o de que "hay una sola manera correcta de hacer las cosas". Él no divide a su ambiente en lo que está del todo bien y lo que está del todo mal. Para él existen matices del gris. Tampoco distingue netamente entre las funciones inherentes a los dos sexos. No está de acuerdo con que "las chicas solo deberían aprender las cosas que les pueden resultar útiles en la casa".

En la escuela (y en la vida posterior) los individuos tolerantes, a diferencia de los prejuiciosos, no necesitan instrucciones precisas, ordenadas, netas, para proceder a realizar una tarea. Pueden "tolerar la ambigüedad", y no hay ninguna exigencia imperiosa de definición y estructuración. Pueden sentirse seguros al decir "no sé" y esperar hasta que el tiempo traiga la evidencia necesaria. Los asusta menos la dilación; no tienen una necesidad especial de categorizar rápidamente ni de persistir en las categorizaciones que se han hecho previamente.

Su tolerancia de la frustración parece ser relativamente alta. No los arrastra el pánico cuándo se ven amenazados por privaciones. Al sentirse seguros dentro de sí mismoso, existe una tendencia menor a externalizar (proyectar) el conflicto. Cuando las cosas van mal no es necesario acusar a los demás: uno puede acusarse a sí mismo sin caer en un estado de alarma.

Tal parece ser el fundamento general para las actitudes sociales tolerantes. Indudablemente este fundamento es en gran parte el producto de la educación recibida en el hogar, de los modos de recompensa y de castigo que usaban los padres, de la sutil atmósfera de la vida familiar. Pero sería erróneo pasar por alto la posibilidad de que haya cualidades temperamentales innatas que puedan también predisponer al niño al desarrollo de actitudes tolerantes.

Muchos de estos factores que determinan la formación de actitudes tolerantes aparecen en una investigación hecha sobre alemanes antinazis. Ciertos alemanes varones se resistieron al régimen de intolerancia de Hitler. Estos hombres, en mayor grado que los alemanes medios, tenían reláciones estrechas y amistosas con los padres que, en general, no eran partidarios de las disciplinas severas. También las madres eran más demostrativas de sus afectos que el término medio. Las familias de estos antinazis solían tener un cruce de líneas religiosas o nacionales por vía matrimonial; además, esos hombres habían ampliado sus horizontes por medio de los viajes o de la lectura. En otras palabras, la atmósfera familiar no es el único factor en la génesis de la tolerancia; la experiencia posterior también es importante.

La tolerancia, sacamos en conclusión, rara vez o nunca es el producto de una sola causa, sino más bien el resultado de varias fuerzas que presionan en la misma dirección. Cuando mayor sea el número de fuerzas qué presionan en esta dirección precisa (temperamento, atmósfera familiar, educación específica por parte de los padres, experiencia diversificada, influencias de la escuela y la comunidad), más tolerante será la personalidad que resulte de ese desarrollo.

Variedades de la tolerancia

Las personas tolerantes difieren en el grado en que sus actitudes étnicas son prominentes o no lo son. Para algunos el problema de la igualdad de trato aparece siempre en el primer plano de la conciencia y desempeña un papel vital en su motivación. Los antinazis alemanes son un ejemplo apropiado. Todo el tiempo tuvieron conciencia del racismo de Hitler y de su propia parte en la lucha contra él. Ya que el asunto ponía en peligro sus vidas, se vieron forzados a adjudicarle caracteres de prominencia.

Otras personas tolerantes nunca parecen estructurar el problema. Están tan habituadas a tener una actitud democrática que para ellos no hay ni judíos ni cristianos, ni seres libres ni esclavos. Todos los hombres son iguales: la pertenencia a un grupo no tiene en la mayoría de los casos ninguna importancia.

Podría argüirse que las personas más tolerantes son aquellas en cuyas vidas las actitudes étnicas no tienen absolutamente ninguna prominencia. No tienen interés en las distinciones entre los grupos. Para ellas una persona es una persona. Pero esta benigna falta de conciencia es difícil de lograr en nuestra sociedad, donde las relaciones humanas están en tal gran medida enmarcadas en términos de casta y clase. Por más que uno desee tratar a un negro simplemente como un ser humano, las circunstancias obligan a una conciencia de raza. La prevalencia de la discriminación social tiende a dar prominencia a las actitudes étnicas.

Además de la prominencia o no prominencia, es conveniente hacer una distinción ulterior entre tolerancia conformista y tolerancia caracterológica. En una comunidad donde no se suscitan cuestiones étnicas, o donde se las maneja habitualmente de acuerdo con un código de tolerancia, podemos esperar que la gente tome la igualdad como algo natural. Arrastrada por la norma tolerante del grupo, es conformista. La tolerancia caracterológica, sin embargo, es un estado positivo de organización de la personalidad que, al igual que el prejuicio caracterológico, tiene significación funcional en la economía de personalidad en su conjunto.

La tolerancia caracterológica siempre significa que la persona tiene un respecto positivo por los individuos, quienes quiera que ellos sean. Este respeto puede estar ligado a diversos estilos de vida. Algunas personas parecen tener un estado generalizado de afectuosidad, un auténtico rasgo de buena voluntad. Otras tienen valores más estéticos y se deleitan en las diferencias culturales, encontrando estimulantes y plenos de interés a los miembros de los exogrupos. Algunos tienen enmarcada su tolerancia dentro de un marco de liberalismo político y de filosofía progresista. En otros lo descollante es un sentimiento de justicia. En otros todavía, el tratamiento ecuánime de los grupos minoritarios en el país va unido al problema de la concordia internacional. En resumen, la tolerancia caracterológica está integrada dentro de una actitud positiva frente al mundo.

Educación

Además de ser más liberales (o radicales) que las personas con prejuicios, ¿los individuos tolerantes son también más inteligentes? A primera vista parecería ser así, ya que las escisiones, la categorización excesiva, la proyección, el desplazamiento, ¿no constituyen acaso un rasgo de estupidez?

Pero la cuestión, no obstante, es compleja. Hasta las personas paranoides pueden ser muy inteligentes fuera de la estrecha región en que se localiza su desorden. Las personas con prejuicios son a menudo personas que triunfan y que no muestran nada de la estupidez generalizada que debería acompañar a la "poca inteligencia".

Si recurrimos a los estudios infantiles, hallamos que la tolerancia tiene una leve tendencia a estar asociada con la mayor inteligencia. Pero las correlaciones están afectadas por la pertenencia a una u otra clase social. Los niños con CI más bajo tienden a provenir de familias más pobres, donde la educación y las oportunidades escasean y donde la ignorancia y el prejuicio pueden abundar. De aquí que no podamos asegurar que exista una correlación básica entre la tolerancia y el brillo intelectual, ni tampoco que las condiciones de educación familiar y de clase estén por debajo de ambas.

Estamos en terreno algo más firme si nos preguntamos: ¿Las personas con mayor educación son más tolerantes que las menos educadas? La respuesta es vigorosamente afirmativa. La educación tiene un efecto notable. Quizá porque la mayor educación alivia los sentimientos de inseguridad y ansiedad. O quizá porque la educación permite al individuo ver la escena social en su conjunto, y comprender que el bienestar de un grupo está vinculado al bienestar de todos los grupos.

Capacidad empática y sentido del humor

Uno de los factores importantes en la tolerancia es una capacidad de la que poco sabemos. Esta capacidad es llamada a veces empatía, aunque podríamos llamarla "la capacidad de comprender a la gente", "inteligencia social", "sensibilidad social". Existe buena evidencia de que las personas tolerantes son más exactas en sus juicios de personalidad que las personas intolerantes.

En un experimento, por ejemplo, se comparaba a un estudiante universitario que tenía altos puntajes en una escala para medir el autoritarismo con otro estudiante de la misma edad y sexo, que tenía bajos puntajes en la misma escala. Durante veinte minutos estos estudiantes conversaban entre sí de manera informal, acerca de radio, televisión, películas, como prefirieran. De esta manera, cada uno se formaba una impresión del otro, tal como inevitablemente ocurre cuando se sostiene una conversación casual con un extraño durante un corto intervalo. El propósito de este experimento, por supuesto, no era conocido por los participantes. Después de terminada la conversación cada estudiante era llevado a un cuarto aparte y se le entregaba un cuestionario para que lo llenara tal como él pensaba que respondería el otro estudiante con quien habla conversado.

Los resultados muestran que los muy autoritarios "proyectaron" sus propias actitudes; es decir, ellos pensaban que sus interlocutores responderían al test de una manera autoritaria. En cambio, los estudiantes no autoritarios estimaron las actitudes de sus interlocutores de una manera más correcta. Ellos no solo los percibieron como autoritarios, que lo eran, sino que también estimaron más correctamente sus respuestas a algunas otras preguntas que revelaban otros tipos de tendencias de la personalidad. En suma, los estudiantes tolerantes parecieron "comprender" a sus interlocutores mejor, en general, que los estudiantes intolerantes.

Diversos investigadores han llamado la atención sobre una cualidad general de interioridad en las personalidades de las personas tolerantes. Existe interés en los procesos imaginativos, en las fantasías, en las reflexiones teóricas, en las actividades artísticas. Las personas prejuiciosas, en cambio, son exteriores en cuanto a sus intereses, dadas a externalizar Sus conflictos, y a hallar más absorbente lo que los rodea que su propio interior. Las personas tolerantes tienen un deseo de autonomía personal antes que de un punto de referencia institucional.

La empatía, la autocomprensión, la interioridad son rasgos difíciles de someter a la investigación de laboratorio, y aun a la clínica. Es sorprendente qué nuestros datos sean tan buenos como lo son. Sin embargo, existe un rasgo asociado que hasta ahora ha desafiado el estudio psicológico exitoso: el sentido del humor. Tenemos razones para suponer que el sentido del humor de una persona está estrechamente vinculado a su grado de autocomprensión. Sin embargo, es difícil decir qué es el humor, y su adecuada medida está más allá de la competencia actual de la psicología. Pero nos aventuramos a afirmar que el humor es probablemente una variable importante en relación con el préjuicio. Aquellos que han asistido a los mítines, suelen comentar la falta de humor que allí reina. Podemos creer fácilmente que el humor es un ingrediente que falta; también que es un ingrediente presente en el síndrome de tolerancia. Alguien que puede reírse de sí mismo no es probable que tienda a sentirse muy superior a los demás.

Valores personales

Pero el pensamiento tolerante no es solo un reflejo del estilo de las operaciones cognitivas, sino también un reflejo del estilo total de vida. Existe una configuración tolerante, no meramente una actitud tolerante. El temperamento, la seguridad emocional, la intropunitividad, las categorías diferenciadas, la autocomprensión, el humor, la tolerancia de la frustración y la tolerancia de la ambigüedad: todos estos ingredientes, y muchos otros, pueden configurar una persona tolerante.

Todo ser viviente trata de completar su naturaleza. Su intento puede seguir dos rutas. Una lleva a la seguridad por medio de la exclusión, a través de un equilibrio en el rechazo. La persona se aferra a una isla estrecha, restringe su círculo, selecciona sin vacilar lo que le da seguridad y rechaza lo que la amenaza. El otro camino es el de la tranquilidad, la confianza en sí mismo y, por ende, en los demás. No hay necesidad de excluir a los extraños de la reunión. El amor a uno mismo es compatible con el amor al prójimo. Esta orientación tolerante es posible porque se ha tenido la experiencia de la seguridad en el manejo realista de los conflictos internos y de los intercambios sociales. A diferencia de la persona prejuiciosa, el individuo tolerante no percibe el mundo como una jungla donde los hombres son seres básicamente malos y peligrosos.

Algunas modernas teorías sobre el amor y el odio sostienen que la orientación primitiva de todos los hombres es hacia una filosofía de la vida confiada y tendiente a la unión. Esta disposición se deriva naturalmente de la temprana relación de dependencia que existe entre la madre y el niño, entre la tierra y la criatura. La unión es la fuente de toda felicidad. Cuando el odio y la animosidad se desarrollan en una vida, se trata de distorsiones deformantes de esta tendencia unitiva natural. El odio resulta del manejo defectuoso de las frustraciones y privaciones, a las que se les ha permitido que desintegren el centro mismo del yo.

Si esta opinión es correcta, el desarrollo de personalidades maduras y democráticas depende en gran medida de que se edifique una seguridad interna. Solo cuando la vida está libre de amenazas intolerables, o cuando estas amenazas son manejadas adecuadamente, con fortaleza interior, uno puede estar en paz con los hombres de todo tipo y condición.

 

Fin

Fuente: Gordon Allport. The nature of prejucide (1955)

 


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