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A lo largo de este estudio
hemos analizado detalladamente la personalidad que se asigna a cada
sexo en tres pueblos primitivos. Hemos descubierto que los arapesh,
sean hombres o mujeres, desarrollan una personalidad que nosotros, desde
nuestro punto de vista históricamente limitado, llamaríamos "maternal"
en lo relativo al cuidado de los niños y "femenina" en los aspectos
sexuales. Allí los individuos son educados para que sean pacíficos,
cooperativos y atentos con las necesidades de los otros, independientemente
de su sexo; ademas, ni los hombres ni las mujeres arapesh consideran
la sexualidad como una fuerza demasiado motivadora. En marcado contraste
con estas actitudes, los mundugumor de ambos sexos son mucho más agresivos,
afirman su sexualidad con más fuerza y en su personalidad encontramos
poca ternura maternal; son lo que en nuestra cultura consideraríamos
personas violentas e ingobernables. Sin embargo, ni los arapesh ni los
mundugumor han desarrollado un contraste de personalidad entre uno y
otro sexo. El ideal de varón arapesh es el de un hombre pacífico y comprensivo
que está casado con una mujer como él; el de los mundugurnor el de un
hombre violento y agresivo, con una mujer de carácter similar. Pero
en la tercera tribu que hemos estudiado, la de los tchambuli, encontramos
unas actitudes en relación al sexo que son precisamente el reverso de
las que predominan en nuestra cultura: allí la mujer es la que domina,
ordena y es fría emocionalmente, mientras que el hombre se muestra sometido
y dependiente. Con estos datos, la conclusión es evidente: si esas actitudes
que consideramos aquí típicamente femeninas (la pasividad sexual, la
sensibilidad y la disposición para cuidar cariñosamente a los niños)
son asignadas al sexo masculino en una tribu y tanto a los hombres como
a las mujeres en otra, no existe ninguna base para relacionar tales
actitudes con el sexo. (...)
Los datos que hemos reunido nos indican que la mayoría de los rasgos
de personalidad que en occidente consideramos masculinos o femeninos,
están unidos al sexo biológico de modo tal laxo como lo pueden estar
la vestimenta, los modales o el peinado asignado a cada sexo, según
la sociedad y la época. (...) No tiene sentido acudir a otros factores
(la dieta, la raza o la selección natural) para explicar estas diferencias,
de modo que nos vemos obligados a concluir que la naturaleza humana
es increíblemente moldeable y se conforma de modos muy diferentes dependiendo
de las condiciones culturales vigentes.(...)
Pero si estamos de acuerdo en esta maleabilidad de la naturaleza humana,
¿cual es el origen de las diferencias de personalidad que dictan las
diversas culturas, o bien para todos sus miembros, o bien para los de
un sexo en contraste con los del otro sexo? Si es cierto que tales contrastes
son de origen cultural, como indican nuestros datos, de forma que cualquier
bebé puede convertirse potencialmente en un pacífico arapesh o en el
agresivo mundugumor ¿por qué existen estas diferencias tan sorprendentes?
Si no podemos atribuir a la constitución biológica de uno u otro sexo
el hecho de que entre los tchambuli (y entre nosotros, los occidentales)
se asignen diferentes rasgos de personalidad a los hombres y a las mujeres
¿dónde se originan estos modelos con los cuales los arapesh, los mundugumor
y los tchambuli forjan el temperamento de sus miembros?(...)
Aceptemos que existen ciertas diferencias de temperamento entre los
humanos que son hereditarias, o que tienen una base hereditaria y se
establecen poco después del nacimiento. La cultura trabaja sobre estas
cualidades innatas, propiciando ciertos rasgos considerados como deseables
e incorporándolos al tejido social a través de sus manifestaciones:
la crianza, los juegos infantiles, las canciones, la organización política,
las ceremonias religiosas, las creaciones artísticas, la filosofía,
etc. (...)
¿Que conclusiones sacamos
al comprobar que una cultura puede elegir unos pocos rasgos, de entre
la amplia gama de cualidades humanas, con objeto de implantarlos como
deseables para cada uno de los sexos o para la comunidad entera? Antes
de ofrecer una respuesta, es necesario que discutamos la posición del
inadaptado, esto es, de la persona cuyas disposiciones innatas son tan
ajenas a los rasgos considerados por la sociedad en la que se desarrolla
como deseables para su edad, su sexo o su posición social, que ha sido
incapaz de amoldarse a ellos.
Entiendo por "inadaptado" todo individuo que por su disposición
innata, por la educación que ha recibido o por los efectos que ejercen
sobre él las contradicciones de su cultura, ha sido despojado de sus
privilegios de índole socio-cultural: el individuo que considera las
bases de su sociedad irreales, absurdas o equivocadas. Las personas
comunes y corrientes se sienten pertenecientes al mundo que los rodea,
ya que el proceso educativo los ha transformado en adultos que se sienten
espiritualmente ligados a su sociedad. Sin embargo, esto no ocurre con
los individuos cuyas inclinaciones temperamentales no son aprovechables
por su sociedad y que, en ocasiones, ni siquiera son tolerados por ella.
Si echamos un vistazo a nuestra historia, en seguida nos damos cuenta
de que hay cualidades que fueron muy valoradas en un siglo, y sin embargo
rechazadas en el siguiente: hombres que hubieran sido considerados como
santos en la Edad Media se hubieran sentido sin vocación en la cultura
anglosajona actual. (...) Cuando una cultura tiene un alto grado de
integración, se orienta hacia unos fines muy específicos y es inflexible
en sus principios morales y espirituales, condena a algunos de los que
han nacido en su seno a vivir enajenados de ella, llenos de perplejidad,
a convertirse en rebeldes o, en el peor de los casos, a caer en la locura.
En nuestro contexto suele considerarse a los que no aceptan las normas
culturales vigentes como neuróticos: individuos que se han alejado de
la realidad (esto es, de las soluciones que les ofrece su propia cultura)
para refugiarse en la fantasía, en alguna filosofía trascendental, en
tendencias políticas extremistas, en la inversión sexual o en alguna
corriente excéntrica como el vegetarianismo o el nudismo. Además, al
neurótico se le considera una persona inmadura que no ha crecido lo
suficiente para comprender los loables propósitos de la sociedad en
que le ha tocado nacer.
Entre los inadaptados hay algunos que lo son por sus peculiaridades
fisiológicas. Pueden que tengan un intelecto limitado, o que sus glándulas
sean defectuosas; estas debilidades orgánicas pueden hacer que fracasen
en todas las tareas sociales, excepto en las más sencillas. En realidad,
estas personas no sufren por sus discrepancias de temperamento con su
sociedad. Para ellos, toda sociedad debe crear ambientes especiales
y menos exigentes que para el resto. Pero hay otro tipo de personalidad
considerada como neurótica, y que se confunde demasiado frecuentemente
con los individuos con deficiencias fisiológicas; se trata del inadaptado
cultural, el que se muestra en desacuerdo con los valores de su sociedad.
Los psiquiatras suelen encontrar el origen de este otro tipo de inadecuaciones
en la primera infancia, y denigrarlas clasificándolas como una especie
de mutilaciones psíquicas. Sin embargo, los datos que tenemos por el
estudio de otras sociedades más primitivas desmiente esta explicación
tan simple. En ella no se tiene en cuenta que en cada cultura son individuos
con ciertas peculiaridades los que no logran integrarse; los inadaptados
entre los mundugumor son muy diferentes a los inadaptados entre los
arapesh. Tampoco explica por qué hay vagabundos tanto en Estados Unidos
como en cierta tribu que hay en las Islas del Almirantazgo, culturas
ambas materialistas y llenas de actividad; o por qué son precisamente
los individuos dotados con una fuerte sensibilidad los inadaptados en
Samoa o en Zuñi. (...).Todo esto indica que hay un tipo de persona inadaptada
que no lo es por tener alguna debilidad física o mental, sino porque
sus disposiciones innatas chocan con las normas de su sociedad. |