La sexualidad, más que ningún otro aspecto de la vida humana, sigue siendo abordada
de modo irracional aún por la mayoría de nosotros. El homicidio, la peste, la locura, el oro y
las piedras preciosas (todas esas cosas, en fin, que son objeto de la esperanza y
las pasiones humanas) han sido contemplados en el pasado con ojos mágicos
o mitológicos. El sol de la razón ha logrado ya disipar muchas zonas
nebulosas, pero no ha alcanzado aún algunos rincones. Los nubarrones más
densos se concentran en el terreno de la sexualidad, algo que tal vez sea bastante
comprensible si consideramos que el sexo es un aspecto que despierta
las pasiones de la mayoría de las personas.
Pero
cada vez es más evidente que las circunstancias actuales del mundo están
provocando un cambio en la actitud de la gente hacia el sexo. No se puede
prever con certeza qué cambio o cambios van a producirse, pero sí
podemos distinguir algunas de las fuerzas que ahora están actuando y
discutir los posibles resultados que pueden provocar en la estructura de
la sociedad.
En
lo que respecta a la naturaleza humana, no puede asegurarse que sea
imposible implantar una sociedad en la cual haya muy poco trato sexual
fuera del matrimonio; sin embargo, en la vida moderna sería muy difícil
conseguir las condiciones necesarias para alcanzar ese objetivo.
Consideremos cuáles son.
Un
factor esencial que favorece la monogamia es la inmovilidad en una zona
donde haya pocos habitantes. Si el hombre no tiene apenas ocasiones de
salir, y rara vez ve a otra mujer que no sea su esposa, le resulta fácil
ser fiel; pero si viaja sin ella o vive en una ciudad populosa, le será
proporcionalmente mucho más difícil. Otra influencia para lograr la
monogamia es la superstición; quienes creen sinceramente que el pecado
lleva al castigo eterno pueden intentar evitarlo, y lo consiguen hasta
cierto punto, aunque no tanto como podría esperarse. El tercer factor que
favorece la virtud es la opinión pública; en las sociedades agrícolas,
donde los vecinos saben todo lo que uno hace, hay motivos poderosos para
no romper los convencionalismos. Pero hoy en día estos motivos tienen
mucha menos fuerza de la que solían tener: la gente no vive tan aislada,
la creencia en el fuego del infierno ha ido desapareciendo y en las
grandes urbes nadie sabe lo que hace su vecino. De modo que no es tan
sorprendente que, tanto los hombres como las mujeres, sean menos
monógamos de lo que eran antes de la moderna era industrial.
Algunos afirmarán que, aunque un numero cada
vez mayor de gente deje de observar estas leyes morales, eso no es motivo
para que nosotros también alteremos nuestras normas, ya que de por sí
ese código ético es igual de bueno, aunque se haya hecho más difícil
de cumplir. Yo respondería que un código ético es bueno o malo según
fomente o no la felicidad humana. Muchos adultos conservan en lo profundo
de sus corazones las enseñanzas que recibieron en la niñez y se sienten
pecadores cuando sus vidas no siguen el rumbo que les fue indicado en la
escuela dominical. El daño que se produce no es únicamente la escisión
que provoca entre la personalidad razonable consciente y la personalidad
infantil inconsciente; reside también en el hecho de que, junto con las
partes no válidas de la moral tradicional, se desacreditan también los
aspectos válidos, y se llega a pensar, por ejemplo, que si el adulterio
es excusable lo son también la ociosidad, la deshonestidad o la crueldad.
Este peligro está estrechamente relacionado con un sistema que enseña a
los jóvenes un conjunto de creencias que tienen que desechar en bloque
cuando son adultos; cuando entran en la fase de rebeldía social y
económica es muy probable que desechen tanto lo bueno como lo malo.
El
conflicto que existe entre los celos y la tendencia a la poligamia es una
de las principales dificultades para alcanzar una ética sexual viable. No
hay duda de que los celos, aunque tengan algo de instintivo, son
convencionales en muy alto grado. En los grupos humanos donde el hombre es
objeto del ridículo social si su mujer le es infiel, el marido se
sentirá celoso aunque no la quiera. De este modo, los celos van
íntimamente unidos al sentido de propiedad, y disminuyen cuanto más se
carece de dicho sentido; si la fidelidad no fuera convencional, los celos
serían menos frecuentes.
No
obstante, aunque hay más posibilidades de disminuir los celos de las que
la gente suele pensar, existen unos límites muy definidos, marcados
por los derechos y los deberes de los padres. Es inevitable que los
maridos quieran tener la seguridad de que son los padres biológicos de
los hijos que tienen con sus esposas. Por eso, si las mujeres han de tener
libertad sexual, los padres deberían desaparecer y ellas no deberían
esperar que un marido las mantuviera. Puede que esto ocurra con el tiempo,
produciendo un profundo cambio social cuyos efectos positivos y negativos
son imprevisibles.
Entretanto,
si el matrimonio y la paternidad deben sobrevivir como instituciones
sociales, es necesaria cierta transigencia ante el dilema existente entre
la monogamia perpetua y la promiscuidad. No resulta fácil decidir
cual es la mejor combinación; esto variará según sean las costumbres de
la población y los métodos de control de la natalidad.
Sin
embargo, hay cosas que son evidentes:
En
primer lugar, no es deseable que las mujeres tengan hijos antes de los
veinte años, tanto desde el punto de vista fisiológico como desde el
educativo.
En
segundo lugar, es improbable que un hombre o una mujer sin experiencia
sexual previa sea capaz de distinguir entre la mera atracción física y
la afinidad necesaria para que su matrimonio sea un éxito. Además, las
razones económicas suelen obligar a los hombres a posponer el matrimonio,
pero no es probable ni deseable psicológicamente que se mantengan castos
entre los veinte y los treinta años de edad; por otra parte, si mantienen
relaciones provisionales, es preferible que no lo hagan con profesionales,
sino con muchachas de su propia clase, por afecto y no por dinero. Este es
el motivo por el cual los jóvenes solteros de ambos sexos deben tener
considerable libertad sexual, siempre que eviten los embarazos no
deseados.
En
tercer lugar, debería consentirse el divorcio sin censura por ninguna de
las dos partes, sin que ello conlleve ninguna deshonra. Un matrimonio sin
hijos debería terminarse cuando lo deseara cualquiera de los dos
cónyuges, y todo matrimonio debería acabar por mutuo acuerdo, con un
aviso de un año en cualquier caso. Naturalmente, el divorcio debería ser
admitido por otras razones: locura, abandono, crueldad... pero en todo
caso el mutuo acuerdo debería ser la razón más frecuente.
Habría
que hacer lo posible para que las relaciones sexuales no tuvieran una
razón económica. Actualmente, tanto las esposas como las prostitutas
viven de vender sus encantos sexuales, e incluso en las relaciones provisionales
y libres se espera que el varón asuma todos los gastos. En resultado
es una sucia mezcla entre dinero y sexo, que con frecuencia hace que
las mujeres se conviertan en una especie de mercenarias. El sexo, aún
cuando reciba la bendición de la iglesia, no debería convertirse en
profesión. Es justo que la mujer reciba un salario por cuidar de la
casa, cocinar y atender a los hijos, pero no únicamente por mantener
relaciones sexuales con un hombre. Tampoco la mujer que ha amado y ha
sido amada por un hombre debería vivir de la pensión de alimentos cuando
el amor ha terminado. La mujer, igual que el hombre, debe trabajar para
ganarse la vida, y una mujer ociosa no es intrínsecamente más digna
de respeto que un gigoló.