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Nuestra ética
sexual

por Bertrand Russell

Russell, el pragmático pacifista

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columna fina
ISBN: 9788483077627
Conocimiento y libertad
de Noam Chomsky
ISBN: 9788435034753
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ISBN: 9788497592888
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Bioenergética
de Alexander Lowen
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La sexualidad, más que ningún otro aspecto de la vida humana, sigue siendo abordada de modo irracional aún por la mayoría de nosotros. El homicidio, la peste, la locura, el oro y las piedras preciosas (todas esas cosas, en fin, que son objeto de la esperanza y las pasiones humanas) han sido contemplados en el pasado con ojos mágicos o mitológicos. El sol de la razón ha logrado ya disipar muchas zonas nebulosas, pero no ha alcanzado aún algunos rincones. Los nubarrones más densos se concentran en el terreno de la sexualidad, algo que tal vez sea bastante comprensible si consideramos que el sexo es un aspecto que despierta las pasiones de la mayoría de las personas.

Pero cada vez es más evidente que las circunstancias actuales del mundo están provocando un cambio en la actitud de la gente hacia el sexo. No se puede prever con certeza qué cambio o cambios van a producirse, pero sí podemos distinguir algunas de las fuerzas que ahora están actuando y discutir los posibles resultados que pueden provocar en la estructura de la sociedad.

En lo que respecta a la naturaleza humana, no puede asegurarse que sea imposible implantar una sociedad en la cual haya muy poco trato sexual fuera del matrimonio; sin embargo, en la vida moderna sería muy difícil conseguir las condiciones necesarias para alcanzar ese objetivo. Consideremos cuáles son.

Un factor esencial que favorece la monogamia es la inmovilidad en una zona donde haya pocos habitantes. Si el hombre no tiene apenas ocasiones de salir, y rara vez ve a otra mujer que no sea su esposa, le resulta fácil ser fiel; pero si viaja sin ella o vive en una ciudad populosa, le será proporcionalmente mucho más difícil. Otra influencia para lograr la monogamia es la superstición; quienes creen sinceramente que el pecado lleva al castigo eterno pueden intentar evitarlo, y lo consiguen hasta cierto punto, aunque no tanto como podría esperarse. El tercer factor que favorece la virtud es la opinión pública; en las sociedades agrícolas, donde los vecinos saben todo lo que uno hace, hay motivos poderosos para no romper los convencionalismos. Pero hoy en día estos motivos tienen mucha menos fuerza de la que solían tener: la gente no vive tan aislada, la creencia en el fuego del infierno ha ido desapareciendo y en las grandes urbes nadie sabe lo que hace su vecino. De modo que no es tan sorprendente que, tanto los hombres como las mujeres, sean menos monógamos de lo que eran antes de la moderna era industrial.

Algunos afirmarán que, aunque un numero cada vez mayor de gente deje de observar estas leyes morales, eso no es motivo para que nosotros también alteremos nuestras normas, ya que de por sí ese código ético es igual de bueno, aunque se haya hecho más difícil de cumplir. Yo respondería que un código ético es bueno o malo según fomente o no la felicidad humana. Muchos adultos conservan en lo profundo de sus corazones las enseñanzas que recibieron en la niñez y se sienten pecadores cuando sus vidas no siguen el rumbo que les fue indicado en la escuela dominical. El daño que se produce no es únicamente la escisión que provoca entre la personalidad razonable consciente y la personalidad infantil inconsciente; reside también en el hecho de que, junto con las partes no válidas de la moral tradicional, se desacreditan también los aspectos válidos, y se llega a pensar, por ejemplo, que si el adulterio es excusable lo son también la ociosidad, la deshonestidad o la crueldad. Este peligro está estrechamente relacionado con un sistema que enseña a los jóvenes un conjunto de creencias que tienen que desechar en bloque cuando son adultos; cuando entran en la fase de rebeldía social y económica es muy probable que desechen tanto lo bueno como lo malo.

El conflicto que existe entre los celos y la tendencia a la poligamia es una de las principales dificultades para alcanzar una ética sexual viable. No hay duda de que los celos, aunque tengan algo de instintivo, son convencionales en muy alto grado. En los grupos humanos donde el hombre es objeto del ridículo social si su mujer le es infiel, el marido se sentirá celoso aunque no la quiera. De este modo, los celos van íntimamente unidos al sentido de propiedad, y disminuyen cuanto más se carece de dicho sentido; si la fidelidad no fuera convencional, los celos serían menos frecuentes. 

No obstante, aunque hay más posibilidades de disminuir los celos de las que la gente suele pensar, existen unos límites muy definidos, marcados por los derechos y los deberes de los padres. Es inevitable que los maridos quieran tener la seguridad de que son los padres biológicos de los hijos que tienen con sus esposas. Por eso, si las mujeres han de tener libertad sexual, los padres deberían desaparecer y ellas no deberían esperar que un marido las mantuviera. Puede que esto ocurra con el tiempo, produciendo un profundo cambio social cuyos efectos positivos y negativos son imprevisibles.

Entretanto, si el matrimonio y la paternidad deben sobrevivir como instituciones sociales, es necesaria cierta transigencia ante el dilema existente entre la monogamia perpetua y la  promiscuidad. No resulta fácil decidir cual es la mejor combinación; esto variará según sean las costumbres de la población y los métodos de control de la natalidad.

Sin embargo, hay cosas que son evidentes:

En primer lugar, no es deseable que las mujeres tengan hijos antes de los veinte años, tanto desde el punto de vista fisiológico como desde el educativo. 

En segundo lugar, es improbable que un hombre o una mujer sin experiencia sexual previa sea capaz de distinguir entre la mera atracción física y la afinidad necesaria para que su matrimonio sea un éxito. Además, las razones económicas suelen obligar a los hombres a posponer el matrimonio, pero no es probable ni deseable psicológicamente que se mantengan castos entre los veinte y los treinta años de edad; por otra parte, si mantienen relaciones provisionales, es preferible que no lo hagan con profesionales, sino con muchachas de su propia clase, por afecto y no por dinero. Este es el motivo por el cual los jóvenes solteros de ambos sexos deben tener considerable libertad sexual, siempre que eviten los embarazos no deseados. 

En tercer lugar, debería consentirse el divorcio sin censura por ninguna de las dos partes, sin que ello conlleve ninguna deshonra. Un matrimonio sin hijos debería terminarse cuando lo deseara cualquiera de los dos cónyuges, y todo matrimonio debería acabar por mutuo acuerdo, con un aviso de un año en cualquier caso. Naturalmente, el divorcio debería ser admitido por otras razones: locura, abandono, crueldad... pero en todo caso el mutuo acuerdo debería ser la razón más frecuente. 

Habría que hacer lo posible para que las relaciones sexuales no tuvieran una razón económica. Actualmente, tanto las esposas como las prostitutas viven de vender sus encantos sexuales, e incluso en las relaciones provisionales y libres se espera que el varón asuma todos los gastos. En resultado es una sucia mezcla entre dinero y sexo, que con frecuencia hace que las mujeres se conviertan en una especie de mercenarias. El sexo, aún cuando reciba la bendición de la iglesia, no debería convertirse en profesión. Es justo que la mujer reciba un salario por cuidar de la casa, cocinar y atender a los hijos, pero no únicamente por mantener relaciones sexuales con un hombre. Tampoco la mujer que ha amado y ha sido amada por un hombre debería vivir de la pensión de alimentos cuando el amor ha terminado. La mujer, igual que el hombre, debe trabajar para ganarse la vida, y una mujer ociosa no es intrínsecamente más digna de respeto que un gigoló.

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