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Thomas el impostor
de Jean Cocteau
 

El libro blanco (1928) - fragmento

de Jean Cocteau

Jean Cocteau

En mis recuerdos más remotos, incluso en los que proceden de esa edad en que la mente no influye todavía en los sentidos, encuentro indicios de mi amor por los muchachos. Siempre he amado el sexo fuerte, y pienso que es legítimo llamarlo el bello sexo. Mis desgracias provienen de una sociedad que condena lo raro como un crimen y que nos obliga a cambiar nuestras inclinaciones. Tres hechos decisivos me vienen a la memoria.

Dibujo de CocteauMi padre vivía en un pequeño castillo. El castillo tenía un parque. En el fondo del parque había una granja y un abrevadero que no pertenecían al castillo. Mi padre consentía en que no hubiese un vallado a cambio de la leche y los huevos que el granjero nos entregaba cada día. Una mañana de agosto, en el parque, yo jugaba a los cazadores con una escopeta cargada de cartuchos.

Agazapado tras un seto, aguardaba con ansiedad la aparición de algún animal cuando vi de repente, desde mi escondite, a un muchacho de la granja que llevaba un caballo de labranza para bañarlo. Como tenía intención de meterse también en el agua y sabía que nadie se aventuraba hasta el final del parque, el muchacho iba desnudo sobre el caballo, que resopló al pasar a unos cuantos metros de mí. En contraste con las partes blancas de su piel, el tono bronceado de su rostro, de su cuello, de sus brazos, de sus pies, me recordaba el color de las castañas brotando de sus vainas. Pero esas zonas oscuras no eran las únicas. Otra mancha, en medio de la cual un enigma resaltaba hasta en sus menores detalles, atrajo mi mirada.

Me retumbaron los oídos. Mi rostro enrojeció. Flaquearon mis piernas. Mi corazón latía como el de un asesino. Sin darme cuenta perdí el conocimiento, y no me encontraron hasta pasadas cuatro horas de búsqueda. Ya en pie, tuve la intuición de que no debía revelar el motivo de mi desmayo, y conté, a riesgo de parecer ridículo, que una liebre me había asustado al salir repentinamente de un matorral.

La segunda vez fue al año siguiente. Mi padre había permitido a unos gitanos acampar en el mismo sitio del parque donde yo había perdido el conocimiento. Estaba paseando con mi niñera. De pronto me tomó de la mano y me arrastró con ella, mientras me prohibía a gritos que mirase hacia atrás. Hacía un calor sofocante. Dos gitanillos desnudos subían a los árboles. Gracias a mi desobediencia, aquel espectáculo que horrorizaba a mi nodriza se grabó en mi memoria como un cuadro inolvidable. Aunque transcurriesen cien años recordaría, enmarcados por aquel grito y aquella carrera, las imágenes de una caravana, una mujer que acunaba a un recién nacido, un fuego humeante, un caballo blanco que pastaba y dos cuerpos de bronce, sombreados de negro en tres lugares, que trepaban a los árboles.

La última vez se trataba, si no me equivoco, de un joven sirviente llamado Gustave. En la mesa le costaba retener la risa. Esa risa me encantaba. De tanto dar vueltas en mi cabeza a los recuerdos del muchacho de la granja y de los gitanos, llegué a sentir el deseo intenso de tocar con la mano lo que mis ojos habían visto.

Mi proyecto era de lo más ingenuo. Dibujaría a una mujer, le llevaría la hoja a Gustave, le haría reír y me armaría de valor para pedirle que me dejara tocar el misterio que yo imaginaba, mientras él servía la mesa, bajo el abultamiento significativo de su pantalón. Ahora bien, la única mujer que yo había visto en camisón era mi nodriza, y creía que los artistas inventaban a las mujeres con los senos erguidos cuando en realidad todas los tenían flácidos. Mi dibujo era realista. Gustave se echó a reír preguntándome quién era la modelo, y yo aproveché sus convulsiones para alcanzar mi objetivo con una audacia inconcebible. Me rechazó avergonzado, me pellizcó la oreja, dijo que le hacía cosquillas y, temeroso de perder su empleo, me acompañó hasta la puerta.

Pocos días más tarde, robó un poco de vino y mi padre le despidió. Intercedí, lloré; todo fue inútil. Acompañé a Gustave hasta la estación; llevaba consigo un juego de títeres que yo le había regalado para su hijo, cuya fotografía me enseñaba a menudo. Mi madre había muerto al darme a luz, y yo había vivido siempre con mi padre, un hombre melancólico y encantador, que ya estaba triste antes de la muerte de su mujer. Hasta en los momentos de alegría estaba triste. Por eso yo buscaba en su tristeza unas raíces más profundas que el luto.

El pederasta reconoce a otro pederasta como el judío reconoce a otro judío. Lo adivina bajo su máscara, y yo soy capaz de descubrirlo incluso entre los renglones de los libros más inocentes. Esta pasión es menos sencilla de lo que suponen los moralistas. Del mismo modo que existen mujeres pederastas, con aspecto de lesbianas, pero que buscan a los hombres de esa manera singular con la que ellos las buscan a ellas, también existen pederastas que se ignoran a sí mismos y viven hasta el final de sus días inmersos en un malestar que achacan a una mala salud o a un temperamento sombrío. Siempre he pensado que mi padre se parecía demasiado a mí, y que no podía ser diferente en este aspecto de capital importancia. Sin duda ignoraba su inclinación y, en vez de seguirla, la arrastraba penosamente, sin saber qué le hacía la vida tan pesada. Si hubiera descubierto esa inclinación de la que nunca pudo gozar y que me fue revelada por algunas frases suyas, por su manera de andar, por mil detalles de su persona, se habría caído de espaldas. En su época, uno se quitaba la vida por mucho menos. Pero no; él vivía en su propia ignorancia aceptando aquel lastre.

Puede que yo esté en este mundo gracias a tanta ceguera. Lo lamento, porque estoy convencido de que cada cual habría sido más feliz si mi padre hubiera conocido ciertos placeres, evitándome así mis propias desdichas.

Al llegar al tercer curso ingresé en el liceo Condorcet. Allí los sentidos se despertaban sin control y crecían como una mala hierba. No eran sólo los bolsillos agujereados y los pañuelos sucios. La clase de dibujo enardecía particularmente a los muchachos, ocultos tras la muralla de grandes carpetas. A veces, en plena clase, un profesor irónico interrogaba bruscamente a un alumno al borde del orgasmo. El alumno se levantaba con la cara ardiendo y, balbuceando cualquier cosa, intentaba transformar un diccionario en hoja de parra. Nuestra risa aumentaba su azoramiento.

El aula olía a gas, a tiza, a esperma. Esa mezcla me daba náuseas. Debo decir que lo que para los demás alumnos era un vicio no lo era para mí o, para ser más exacto, era una vil parodia de una forma de amor que mi instinto respetaba. Yo era el único que parecía condenar aquel estado de cosas. Todo ello desembocaba en sarcasmos constantes y en atentados contra lo que mis compañeros consideraban pudor. Los estudiantes del liceo Condorcet eran externos. Aquellas prácticas no llegaban al enamoramiento y no pasaban de ser un juego clandestino.

Dargelos, uno de los alumnos, gozaba de un gran prestigio debido a una virilidad muy desarrollada para su edad. Se exhibía con cinismo y hacía negocio con un espectáculo que ofrecía incluso a los alumnos de otra clase, a cambio de sellos raros o de tabaco. Los asientos próximos a su pupitre eran lugares privilegiados. Aún recuerdo su tez morena. Por sus pantalones muy cortos y sus calcetines caídos sobre los tobillos se adivinaba que estaba orgulloso de sus piernas. Todos llevábamos pantalones cortos, pero a causa de sus piernas de hombre sólo Dargelos parecía llevarlas realmente desnudas. Su camisa abierta dejaba ver un cuello ancho. Un rizo soberbio adornaba su frente. Su rostro, de labios algo gruesos, de ojos un tanto achinados, con una nariz un poco chata, presentaba todas las características del tipo que iba a resultarme nefasto. Astucia de la fatalidad que se disfraza, que nos produce la ilusión de ser libres y que siempre acaba por hacernos caer en la misma trampa.

La presencia de Dargelos me ponía enfermo. Le evitaba. Le vigilaba. Soñaba con un milagro que atrajera su atención hacia mí, que le privara de su arrogancia, que le revelara el verdadero sentido de aquella actitud mía, que debía antojársele como una mojigatería ridícula y que sólo era un loco deseo de gustarle.

Me sentía raro. No lograba definir lo que me ocurría. Me debatía entre el malestar y el placer. Lo único seguro para 'mí era que mi sentimiento no se parecía en nada al de mis compañeros.

Un día, no pudiendo soportarlo más, me sinceré con un alumno cuya familia conocía a mi padre y a quien yo frecuentaba fuera del liceo.

-¡Qué tonto eres! -me dijo-. Es muy sencillo. Invita a Dargelos un domingo, llévatelo detrás de los matorrales y disfruta de la partida.

Pero, ¿qué partida? No había ninguna partida. Murmuré que no se trataba de esa clase de placer fácil e intenté expresar mi sueño con palabras, pero en vano. Mi compañero se encogió de hombros.

-¿Por qué complicarse tanto la vida? -me dijo-. Dargelos es más fuerte que nosotros. (Empleaba otras palabras.) En cuanto se le halaga, funciona. Si te gusta, sólo tienes que follártelo.

La indecencia de esa frase me trastornó. Me di cuenta de que nadie me entendía. Suponiendo, pensé, que Dargelos aceptara una cita, ¿qué iba a decirle, qué haría? Mi ilusión no era pasarlo bien cinco minutos, sino vivir con él para siempre. En pocas palabras, que le adoraba. Me resigné a sufrir en silencio, puesto que, sin llegar a dar a mi mal el nombre de amor, sentía que nada tenía que ver con las prácticas de la clase y que mi sufrimiento no encontraría respuesta en ellas.

Esa aventura que nunca llegó a empezar tuvo un final. Alentado por el alumno que había recibido mi confidencia, cité a Dargelos en un aula vacía, a las cinco, después de las clases. Acudió. Había esperado algún prodigio que me dictara cómo comportarme. En su presencia perdí la cabeza. Sólo veía sus piernas robustas y sus rodillas magulladas, llenas de costras y manchas de tinta.

-¿Qué quieres? -me preguntó con una sonrisa cruel.

Adiviné lo que esperaba y comprendí que mi petición sólo tenía un significado para él. Inventé cualquier cosa.

-Quería decirte -balbuceé- que el jefe de estudios te vigila.

Era una mentira absurda, ya que el encanto de Dargelos cautivaba a nuestros profesores. Tan grandes son los privilegios de la belleza que influye hasta en quienes parecen preocuparse poco por ella.

Dargelos inclinó la cabeza con una mueca:

-¿El jefe de estudios?

-Sí -continué, sacando fuerzas de flaqueza-, el jefe de estudios-. Oí cómo se lo decía al director: «Estoy vigilando a Dargelos. Se está pasando. ¡Lo tengo fichado!»

-¡Ah, con que me estoy pasando! -dijo él-. Pues bien, chaval, yo se la enseñaré al jefe de estudios. Se la enseñaré bien tiesa. En cuanto a ti, si sigues molestándome con gilipolleces, la próxima vez te patearé el culo.

Y se fue.

Durante una semana fingí que tenía calambres, y no acudí a clase para no encontrarme con la mirada de Dargelos. Al volver supe que estaba en cama, enfermo. No me atreví a interesarme por él. Había rumores. Dargelos era boy scout. Se hablaba de un baño imprudente en el Sena helado, de una angina de pecho. Una tarde, durante la clase de geografía, nos enteramos de su muerte. Las lágrimas me obligaron a salir. La juventud es cruel. Para muchos alumnos, aquella noticia, que el profesor nos anunció de pie, sólo significó que nos daban permiso para no estudiar. Al día siguiente, la costumbre ya se había impuesto al duelo.

Pese a todo, el erotismo acababa de recibir un golpe de gracia. Desde entonces, el fantasma de aquel hermoso animal, cuyo atractivo no había dejado indiferente ni a la muerte, hizo acto de presencia en un número considerable de pequeños placeres.

Al comienzo del curso, después de las vacaciones, un cambio brutal se había producido en mis compañeros. Les cambiaba la voz; fumaban. Se afeitaban la barba incipiente, salían con la cabeza descubierta, llevaban pantalones largos o de golf. El onanismo era sustituido por la jactancia. Circulaban postales de mano en mano. Toda aquella juventud giraba en torno a la mujer como las plantas que buscan el sol. Fue entonces cuando, para seguir su ejemplo, empecé a falsear mi naturaleza.

Al precipitarse hacia su verdad, me arrastraban a la mentira. Pensaba que mi aversión provenía de mi ignorancia. Admiraba su desparpajo. Me obligaba a imitarlos y a compartir su entusiasmo. Continuamente tenía que sobreponerme a mi vergüenza. Esa disciplina terminó facilitándome bastante la tarea. Me repetía a mí mismo que el libertinaje no era divertido para nadie y que los demás lo practicaban con más ganas que yo.

Fin

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