A
don Carlos, Emperador de romanos, Rey de España, señor de las Indias
y nuevo mundo.
Muy soberano Señor:
La
mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación
y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de Indias; y así las
llaman Nuevo Mundo. Y no tanto te dicen nuevo por ser nuevamente hallado,
cuanto por ser grandísimo y casi tan grande como el viejo, que contiene
a Europa, África y Asia. También se puede llamar nuevo por ser todas
sus cosas diferentísimas de las del nuestro. Los animales en general,
aunque son pocos en especie, son de otra manera; los peces del agua,
las aves del aire, los árboles, frutas, hierbas y grano de la tierra,
que no es pequeña consideración del Criador, siendo los elementos una
misma cosa allá y acá. Empero los hombres son como nosotros, fuera del
color, que de otra manera bestias y monstruos serían y no vendrían,
como vienen de Adán. Mas no tienen letras, ni moneda, ni bestias de
carga; cosas principalísimas para la policía y vivienda del hombre;
que ir desnudos, siendo la tierra caliente y falta de lana y lino, no
es novedad. Y como no conocen al verdadero Dios y Señor, están en grandísimos
pecados de idolatría, sacrificios de hombres vivos, comida de carne
humana, habla con el diablo, sodomía, muchedumbre de mujeres y otros
así. Aunque todos los indios que son vuestros subjectos son ya cristianos
por la misericordia y bondad de Dios, y por la vuestra merced y de vuestros
padres y abuelos, que habéis procurado su conversión y cristiandad.
El trabajo y peligro vuestros españoles lo toman alegremente, así en
predicar y convertir como en descubrir y conquistar. Nunca nación extendió
tanto como la española sus costumbres, su lenguaje y armas, ni caminó
tan lejos por mar y tierra, las armas a cuestas.
El
sitio de la isla Española y otras particularidades
En
lengua de los naturales de aquella isla se dice Haití. Cristóbal Colón
la nombró Española; ahora la llaman muchos Santo Domingo, por la ciudad
más principal que hay en ella. Tiene la isla en largo de este a oeste
ciento y cincuenta leguas, y de ancho cuarenta... Es tierra fertilísima;
y así había en ella un millón de hombres, que todos o los más andaban
en puras carnes, y si alguna ropa se ponían, era de algodón. Son estos
isleños de color castaño claro, que parecen algo tiriciados, de mediana
estatura y rehechos; tienen ruines ojos, mala dentadura, muy abiertas
las ventanas de las narices, y las frentes demasiado anchas; ca de industria
se las dejan así las comadres por gentileza y reciura; ca si les dan
cuchillada en ella, antes se quiebra la espada que el casco. Ellos y
ellas son lampiños, y aun dicen que por arte; pero todos crían cabello
largo, liso y negro.
La
religión de la isla Española
El
principal dios que los de aquella isla tienen es el diablo, que le pintan
en cada cabo como se les aparece, y aparéceseles muchas veces, y aun
les habla. Otros infinitos ídolos tienen, que adoran diferentemente,
y a cada uno llaman por su nombre y le piden su cosa. A uno agua, a
otro maíz, a otro salud y a otro victoria. Hácenlos de barro, palo piedra
y de algodón relleno; iban en romería a Loaboina, cueva donde honraban
mucho dos estatuas de madera, dichas Marobo y Bintatel, y ofrecíanles
cuanto podían llevar a cuestas. Traíalos el diablo tan engañados, que
le creían cuanto decía; el cual se andaba entre las mujeres como sátiro
y como los que llaman íncubos, y en tocándoles al ombligo desaparecía,
y aun dicen que come. Cuentan que un ídolo llamado Corocoto, que adoraba
el cacique Guamareto, se iba del oratorio, donde atado estaba, a comer
y holgar con las mujeres del pueblo y de la comarca, las cuales parían
los hijos con cada dos coronas, en señal que los engendró su dios, y
que el mismo Corocoto salió por encima el fuego, quemándose la casa
de aquel cacique. Dicen asimismo cómo otro ídolo de Guamareto, que llamaban
Epilguanita, que tenía cuatro pies, como perro, y se iba a los montes
cuando lo enojaban, al cual tornaban en hombros y con procesión a su
templo. Tenían por reliquia una calabaza, de la cual decían haber salido
la mar con todos sus peces; creían que de una cueva salieron el Sol
y la Luna, y de otra el hombre y mujer primera. Largo sería de contar
semejantes embaucamientos, y tampoco escribiera éstos, sino por dar
alguna muestra de sus grandes supersticiones y ceguedad, y para despertar
el gusto a la cruel y endiablada religión de los indios de Tierra-Firme,
especialísimamente de los mexicanos. Ya podéis pensar qué tales eran
los sacerdotes del diablo, a los cuales llaman bohitis; son casados
también ellos con muchas mujeres, como los demás, sino que andan diferentemente
vestidos. Tienen grande autoridad, por ser médicos y adivinos con todos,
aunque no dan respuestas ni curan sino a gente principal y señores;
cuando han de adivinar y responder a lo que les preguntan comen una
yerba que llaman cohoba, molida o por moler, o toman el humo de ella
por las narices, y con ello salen de seso y se les representan mil visiones.
Acabada la furia y virtud de la yerba, vuelven en sí. Cuentan lo que
han visto y oído en el concejo de los dioses, y dicen que será lo que
Dios quisiere; empero, responden a placer del preguntador, o por términos
que no les puedan coger a palabras, que así es el estilo del padre de
mentiras. Para curar algo toman también de aquella yerba cohoba, que
no la hay en Europa: enciérranse con el enfermo, rodeándolo tres o cuatro
veces, echan espumajos por la boca, hacen mil visajes con la cabeza
y soplan luego el paciente y chúpanle por el tozuelo, diciendo que le
sacan por allí todo el mal. Pásale después muy bien las manos por todo
el cuerpo, hasta los dedos de los pies, y entonces salen a echar la
dolencia fuera de casa, y algunas veces muestran una piedra o hueso
o carne que llevan en la boca y dicen que luego sanará, pues le sacaron
lo que causaba el mal; guardan las mujeres aquellas piedras para bien
parir, como reliquias santas.
Costumbres
Dicho
he cómo se andan desnudos con el calor y buena templanza de la tierra,
aunque hace frío en las sierras. Casa cada uno con cuantas quiere o
puede; y el cacique Behechio, tenía treinta mujeres; una empero es la
principal y legítima para las herencias: todas duermen con el marido,
como hacen muchas gallinas con un gallo, en una pieza; no guardan más
parentesco que con madre, hija y hermana, y esto por temor, ca tenían
por cierto que quien las tomaba moría mala muerte. Lavan las criaturas
en agua fría por que se les endurezca el cuero, y aun ellas se bañan
también en fría recién paridas, y no les hace mal. Estando parida y
criando es pecado dormir con ella. Heredan los sobrinos, hijos de hermanas,
cuando no tienen hijos, diciendo que aquéllos son más ciertos parientes
suyos. Poca confianza y castidad debe haber en las mujeres, pues esto
dicen y hacen. Facilísimamente se juntan con las mujeres, y aun como
cuervos o víboras, y peor; dejando aparte que son grandísimos sodomíticos,
holgazanes, mentirosos, ingratos, mudables y ruines. De todas sus leyes
esta es la más notable: que por cualquiera hurto empalaban al ladrón.
También aborrecían mucho a los avarientos. Entierran con los hombres,
especial con señores, algunas de sus más queridas mujeres o las más
hermosas, ca es gran honra y favor; otras se quieren enterrar con ellos
por amor. El enterramiento de estos tales es pomposo. Asiéntanlos en
la sepultura y pónenles alrededor pan, agua, sal, fruta y armas. Pocas
veces tenían guerra sino era sobre los términos o por las pesquerías,
o con extranjeros, y entonces no sin respuesta de los ídolos o sin la
de los sacerdotes que adivinan. Sus armas eran piedras y palos, que
sirven de lanza y espada, a quien llaman macanas. Átanse a la frente
ídolos chiquitos cuando quieren pelear. Tíñense para la guerra con jagua,
que es zumo de cierta fruta, como dormideras, sin coronilla, que los
para más negros que azabache, y con bija, que también es fruta de árbol,
cuyos granos se pegan como cera y tiñen como bermellón. Las mujeres
se untan con estas colores para danzar sus areitos y porque aprietan
las carnes. Areito es como la zambra de moros, que bailan cantando romances
en alabanza de sus ídolos y de sus reyes y en memoria de victorias y
acaecimientos notables y antiguos, que no tienen otras historias. Bailan
muchos y mucho en estos areitos, y alguna vez todo un día con su noche.
Acaban borrachos de cierto vino de allá que les dan en el corro. Son
muy obedientes a sus caciques, y así no siembran sin su voluntad ni
cazan ni pescan, que es su principal ejercicio, y la pesca es su ordinario
manjar, y por eso vivían orillas de lagunas, que tienen muchas, y riberas
de ríos, y de aquí venían a ser grandísimos nadadores ellos y ellas.
En lugar de trigo comen maíz, que parece algo al panizo. También hacen
pan de yuca, que es una raíz grande y blanca como nabo, la cual rayan
y estrujan, porque su zumo es ponzoña. No conocían el licor de las uvas,
aunque había vides; y así, hacían vino del maíz, de frutas y de otras
yerbas muy buenas, que acá no las hay, como son caimitos, yayaguas higueros,
auzubas, guanábanos, guayabos, yarumas y guazumas. La fruta de cuesco
son hobos, hicacos, macaguas, guiabaras y mameis, que es la mejor de
todas. No tienen letras, ni pesos, ni moneda, aunque había mucho oro
y plata y otros metales, ni conocían el hierro, que con pedernal cortaban.
Por no ser prolijo, quiero concluir este capítulo de costumbres y decir
que todas sus cosas son tan diferentes de las nuestras cuanto la tierra
es nueva para nosotros.
Que
las bubas vinieron de las Indias
Los
de aquesta isla Española son todos bubosos, y como los españoles dormían
con las indias, hinchiéronse luego de bubas, enfermedad pegajosísima
y que atormenta con recios dolores. Sintiéndose atormentar y no mejorando,
se volvieron muchos de ellos a España por sanar, y otros a negocios,
los cuales pegaron su encubierta dolencia a muchas mujeres cortesanas,
y ellas a muchos hombres que pasaron a Italia a la guerra de Nápoles
en favor del rey don Fernando el Segundo contra franceses, y pegaron
allá aquel su mal. En fin, que se les pegó a los franceses; y como fue
a un mismo tiempo, pensaron ellos que se les pegó de italianos, y llamáronle
mal napolitano. Los otros llamáronle mal francés, creyendo habérselo
pegado franceses. Empero también hubo quien le llamó sarna española.
Hacen mención de este mal Joanes de Vigo, médico, y Antonio Sabelico,
historiador, y otros, diciendo que se comenzó a sentir y divulgar en
Italia el año de 1494 y 95, y Luis Bertomán, que en Calicut por entonces
pegaron a los indios este mal de bubas en viruelas, dolencia que no
tenían ellos y que mató infinitos. Así como vino el mal de las Indias,
vino el remedio, que también es otra razón para creer que trajo de allá
origen, el cual es el palo y árbol dicho guayacán, de cuyo género hay
grandísimos montes. También curan la misma dolencia con palo de la China,
que debe ser el mismo guayacán o palo santo, que todo es uno. Era este
mal a los principios muy recio, hediondo e infame; ahora no tiene tanto
rigor ni tanta infamia.
De
la libertad de los indios
Libres
dejaban a los indios al principio los Reyes Católicos, aunque los soldados
y pobladores se servían de ellos como de cautivos en las minas, labranza,
cargas y conquistas que la guerra lo llevaba. Mas el año de 1504 se
dieron por esclavos los caribes, por el pecado de sodomía y de idolatría
y de comer hombres, aunque no comprendía esta licencia y mandamiento
a todos los indios. Después que los caribes mataron los españoles en
Cumaná y asolaron dos monasterios que allí había, uno de franciscos
y otro de dominicos, según ya contamos, se hicieron muchos esclavos
en todas partes sin pena ni castigo, porque Tomás Ortiz, fraile dominico,
y otros frailes de su hábito y de San Francisco aconsejaron la servidumbre
de los indios, y para persuadir que no merecían libertad presentó cartas
y testigos en Consejo de Indias, siendo presidente fray García de Loaisa,
confesor del emperador, y hizo un razonamiento del tenor siguiente:
Los
hombres de tierra firme de Indias comen carne humana, y son sodométicos
más que generación alguna. Ninguna justicia hay entre ellos; andan desnudos;
no tienen amor ni vergüenza; son como asnos, abobados, alocados, insensatos;
no tienen en nada matarse y matar; no guardan verdad sino es en su provecho;
son inconstantes; no saben qué cosa sea consejo; son ingratísimos y
amigos de novedades; précianse de borrachos, ca tienen vinos de diversas
yerbas, frutas, raíces y grano; emborráchanse también con humo y con
ciertas yerbas que los saca de seso; son bestiales en los vicios; ninguna
obediencia ni cortesía tienen mozos a viejos ni hijos a padres; no son
capaces de doctrina ni castigo; son traidores, crueles y vengativos,
que nunca perdonan; inimicísimos de religión, haraganes, ladrones, mentirosos
y de juicios bajos y apocados; no guardan fe ni orden; no se guardan
lealtad maridos a mujeres ni mujeres a maridos; son hechiceros, agoreros,
nigrománticos; son cobardes como liebres, sucios como puercos; comen
piojos, arañas y gusanos crudos donde quiera que los hallan; no tienen
arte ni maña de hombres; cuando se olvidan de las cosas de la fe que
aprendieron, dicen que son aquellas cosas para Castilla y no para ellos,
y que no quieren mudar costumbres ni dioses; son sin barbas, y si algunas
les nacen, se las arrancan; con los enfermos no usan piedad ninguna,
y aunque sean vecinos y parientes los desamparan al tiempo de la muerte,
o los llevan a los montes a morir con sendos pocos de pan y agua; cuanto
más crecen se hacen peores; hasta diez o doce años parece que han de
salir con alguna crianza y virtud; de allí adelante se tornan como brutos
animales; en fin, digo que nunca crió Dios tan cocida gente en vicios
y bestialidades, sin mezcla de bondad o policía. juzguen ahora las gentes
para qué puede ser cepa de tan malas mañas y artes. Los que los habemos
tratado, esto habemos conocido de ellos por experiencia, mayormente
el padre fray Pedro de Córdoba, de cuya mano yo tengo escrito todo esto,
y lo platicamos en uno muchas veces con otras cosas que callo.
Fray
García de Loaisa dio grandísimo crédito a fray Tomás Ortiz y a los otros
frailes de su orden; por lo cual el emperador, con acuerdo del Consejo
de Indias, declaró que fuesen esclavos, estando en Madrid, el año de
25. Mudaron de parecer los frailes dominicos. Reprendían mucho la servidumbre
de indios en los púlpitos y escuelas, por donde se tomó otra información
sobre esta materia el año de 31, y fray Rodrigo Minaya procuró mucho
la libertad de los indios, y sacó una bula del papa Paulo III en declaración
que los indios eran hombres y no bestias, libres y no esclavos. Insistió
después en esto fray Bartolomé de las Casas, y mandó el emperador al
doctor Figueroa tomar otras informaciones de religiosos, letrados y
gobernadores de Indias que había en corte, por los cuales, y por otras
muchas razones que dieron los trece que ordenaron las ordenanzas, de
las cuales ya en otra parte se dijo, libertó el emperador los indios,
mandando, so gravísimas penas, que nadie los haga esclavos, y así se
guarda y cumple. Ley fue santísima cual convenía a emperador clementísimo.
Mayor gloria es de un rey hacer buenas leyes que vencer grandes huestes.
Justo es que los hombres que nacen libres no sean esclavos de otros
hombres, especialmente saliendo de la servidumbre del diablo, por el
santo bautismo, y aunque la servidumbre y cautiverio, por culpa y por
pena es del pecado, según declaran los santos doctores Agustín y Crisóstomo,
y Dios quizá permitió la servidumbre y trabajo de estas gentes de pecados
para su castigo, ca menos pecó Cam contra su padre Noé que estos indios
contra Dios, y fueron sus hijos y descendientes esclavos por maldición.
Loor de españoles
Tanta
tierra como dicho tengo han descubierto, andado y convertido nuestros
españoles en sesenta años de conquista. Nunca jamás rey ni gente anduvo
y sujetó tanto en tan breve tiempo como la nuestra, ni ha hecho ni merecido
lo que ella, así en armas y navegación como en la predicación del santo
Evangelio y conversión de idólatras; por lo cual son españoles dignísimos
de alabanza en todas las partes del mundo. ¡Bendito Dios, que les dio
tal gracia y poder! Buena loa y gloria es de nuestros reyes y hombres
de España que hayan hecho a los indios tomar y tener un Dios, una fe
y un bautismo, y quitándoles la idolatría, los sacrificios de hombres,
y el comer carne humana, la sodomía y otros grandes y malos pecados,
que nuestro buen Dios mucho aborrece y castiga. Hanles también quitado
la muchedumbre de mujeres, envejecida costumbre y deleite entre todos
aquellos hombres carnales; hanles mostrado letras, que sin ellas son
los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es
a hombre; asimismo les han mostrado muchas buenas costumbres, artes
y policía para mejor pasar la vida; lo cual todo, y aun cada cosa por
sí, vale, sin duda ninguna, mucho más que la pluma ni las perlas ni
la plata ni el oro que les han tomado, mayormente que no se servían
de estos metales en moneda, que es su propio uso y provecho, sino contentarse
con lo que sacaban de las minas y ríos y sepulturas. No tiene cuenta
el oro y plata, ca pasan de sesenta millones, ni las perlas y esmeraldas
que han sacado de bajo la tierra y agua; en comparación de lo cual es
muy poco el oro y plata que los indios tenían. El mal que hay en ello
es haber hecho trabajar demasiadamente a los indios en las minas, en
la pesquería de perlas y en las cargas. Oso decir sobre esto que todos
cuantos han hecho morir indios así, que han sido muchos, casi todos
han acabado mal. En lo cual, paréceme que Dios ha castigado sus gravísimos
pecados por aquella vía. Yo escribo sola y brevemente la conquista de
Indias. Quien quisiere ver la justificación de ella, lea al doctor Sepúlveda,
cronista del emperador, que la escribió en latín doctísimamente; y así
quedará satisfecho del todo.