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La maternidad y la planificación familiar
por el Dr. Gregorio Marañón

 
columna fina
ISBN: 9788478449026
Arte y erotismo en el mundo clásico
de Carmen Sánchez
ISBN: 9788497421393
El jardín de Venus: cuentos eróticos y burlescos con una coda de poesías verdes
de Felix Maria Samaniego
ISBN: 9788408065616
Tu sexo es aún más tuyo
de Sylvia de Bejar
Manual del sexo iluminado: habilidades sexuales para el amante superior
de David Deida
ISBN: 9788467020571
Por amor al deseo: historia del erotismo
de Gregorio Morales
 

En un callejón sin salida se ve Don Gregorio Marañón (1888-1960) al contemplar la alta mortalidad infantil en la España de la posguerra y la imposibilidad de proponer los métodos anticonceptivos como solución, dada la inflexibilidad moral del régimen franquista. Solo acepta la castidad matrimonial, pero con la advertencia de que ello puede originar otro peligro: el del adulterio masculino. 
  

No me citen líricos, ejemplos de esta y de la otra pareja que supo convertir en realidad el falsísimo y absurdo refrán de "Contigo pan y cebolla". La realidad es muy otra. Yo invito a los que leen estas páginas a que renueven por sí mismos la siguiente experiencia: cuando, al pasar por las calles de un pueblo -sobre todo los de nuestras Castillas-, o por los suburbios de las grandes ciudades, donde viven los obreros, veáis a esas mujeres que descansan con un niño en brazos y varios en torno, o que se afanan en los quehaceres domésticos, calculad un momento su edad y luego preguntádsela.

Aun suponiendo que estén también tocadas de la manía, tan femenina, de amenguar sus años, yo aseguro al curioso que siga mi consejo que sentirá muchas veces dolor y asombro al saber que apenas han pasado de los treinta años mujeres que, consumidas por una vejez prematura, representan cerca de cincuenta.

Y esto no es una excepción. En mi Policlínica y en mis Salas del Hospital General, de Madrid, adonde acuden gentes de toda España, repetimos muchas veces esta prueba, con el mismo resultado; naturalmente, no en mujeres depauperadas por enfermedades crónicas, sino en las que vienen acompañando a los pacientes o en las que padecen afecciones que por sí solas no influyen en el aniquilamiento orgánico.

Pero si a estas mujeres que han perdido todos los encantos de su sexo, agotadas, indiferentes y tristes, les preguntamos después cuántos hijos han tenido, experimentaremos un sentimiento de alivio al escuchar que han tenido ocho, diez, doce y con frecuencia quince o más. He aquí -pensamos al puntounas madres admirables, que sin ningún desahogo material en el hogar, no han vacilado en sacrificar su juventud al bien de la sociedad. He aquí estas madres, orgullo de nuestra patria, que dan una estadística de natalidad superior a la de los grandes países de Europa y América, más adelantados, pero más corrompidos por el neomalthusianismo. He aquí estas madres que, según nuestros sociólogos optimistas, nos compensan con creces los males que pesan sobre la patria, porque no han aprendido el arte, ya vulgarizado en otros sitios, de limitar a voluntad las fuentes de la procreación.

Una ley aterradora: la fecundidad de las madres está en relación directa con la mortalidad de los hijos.

Mas preguntémoslas ahora cuántos hijos viven de los que dieron a luz, y es seguro que nuestro optimismo se trocará en terror, porque de esos hijos engendrados en pleno trabajo, paridos con tanto dolor, amamantados exprimiendo hasta la medula el organismo exhausto, no quedan ni la mitad; muchas veces, menos; quizá, sólo, uno o ninguno. Parecerá que exagero; pero voy a copiar una estadística macabra, que nos probará que no es así.

Esta estadística no está forjada en los antros de ningún Ministerio u oficina pública, en los que jamás entró la verdad desnuda. La he recogido yo mismo en el material de mi Hospital, y respondo de su exactitud. Se refiere a 1.534 familias del proletariado y de la clase media muy mezquina. Su simple exámen nos enseña, con conmovedora claridad, a cuánto llega el esfuerzo maternal de la mujer ibérica, pero también a cuánto la inutilidad de su afán. Es necesario leer bien estos números y reflexionar sobre ellos: de 7.389 hijos, 3.451 muertos; esto es, ¡casi la mitad! Varios de los autores que tratan de la cuestión sexual en otros países, dan estadísticas semejantes a las nuestras en las multíparas pobres de ciertos departamentos de Francia, de Italia y de Rusia; pero ninguna supera a la hecatombe española.

Pensemos, serenamente, en estas realidades. Sólo un pequeño tanto por ciento de nuestras mujeres ha dejado de contribuir a la gran obra de nuestra repoblación; y de esas pocas, casi todas por esterilidad, pocas por soltería, pues los pobres consideran con mayor altruísmo que los que no lo son el problema del matrimonio, y se casan en su mayor parte. Pero casi todos estos hijos numerosos desaparecen antes de ser hombres o mujeres útiles, pues la madre no ha podido engendrarlos fuertes ni cuidarles luego su debilidad o sus enfermedades: porque la escasez del hogar no alcanza a alimentarlos suficientemente, y porque el Estado no suple con una acción protectora la miseria familiar.

(...)

La maternidad entristecida.

He aquí, repito, el problema más urgente, que, como una herida abierta y sangrante, se ofrece ala acción feminista. Porque su solución depende, claro está, de muchas cosas; sobre todo de que las condiciones materiales de los pobres mejoren hasta parecerse a las de los ricos, y que se parezcan, ante todo, en poder conservar a su prole como la conservan los ricos. Con más altos jornales, con Gotas de Leche, dispensarios, asilos, etc., se irán logrando estas aspiraciones. Pero influye también en el estado actual de cosas la ignorancia de mujeres y hombres en las cuestiones del sexo, y, como consecuencia de ella, el que la inefable alegría de la maternidad se trueque, y esto sí que parece tremenda maldición, en fuente de inacabables tristezas.

Para esa maternidad alegre no basta que la mujer se entregue al marido, como ahora sucede, sin más garantía que el mutuo cariño cuando existe, pero sin ninguna defensa para su salud y la de su hijos futuros. Ni nuestras leyes, ni los usos de nuestra sociedad, ponen cuidado en exigir la salud de los esposos, sobre todo en aquellas enfermedades que se puedan transmitir. Los médicos ejercemos, casi siempre con blandura, la influencia legítima que, por encima de las leyes, nos da nuestra profesión ante la perspectiva de matrimonios de gentes que están sometidas a nuestra responsabilidad técnica. El secreto profesional, el descuido al plantearnos los problemas de la raza o simplemente el deseo de ser agradable a los demás ¡uno de los enemigos mortales de nuestra profesión! lleva muchas veces al médico a dar el visto bueno o, por lo menos, a hacerse el distraído ante coyundas biológicamente criminales.

Pero estos casos patológicos son, al fin, casos de excepción. Lo más grave es que, hasta en el matrimonio normal, no hay tampoco quien instruya a los cónyuges de que, si bien es cierto que la limitación voluntaria, sistemática y arbitraria de la maternidad constituye un atentado contra la sociedad y, para nosotros, los católicos, un pecado, la maternidad inconsciente, sin atenerse a normas de fisiología, de humanidad y de moral que no debieran olvidarse, es también inadmisible, por perjudicial para la madre y para los hijos y por inútil para la organización humana. Me doy cuenta de que estas afirmaciones, absolutamente ortodoxas, sonarán, empero, con escándalo en los oídos de algunos moralistas y sociólogos de puritanismo hipersensible; pero cuando se lleva muchos años en contacto íntimo con el dolor de la Humanidad, no se siente uno obligado a hacer, por el "qué dirán", el coro a los fariseos. Desde el despacho pueden darse consejos de una perfección teórica, ilimitada. Mas la vida de los instintos es como un torrente, entre cuyos remolinos los consejos teóricos desaparecen como briznas de papel. El gran dilema imperativo es éste: si se acepta la prohibición rigurosa de la limitación voluntaria de la maternidad, se abre automáticamente la puerta al adulterio.

Claro que hay algunos ejemplos de parejas admirables que han hecho un templo del hogar, henchido de hijos, y en él han encontrado la casta satisfacción de todos sus deseos. Pero es inútil predicar con excepciones, y notoria es la excepcionalidad de estos ejemplos. Lo corriente es lo otro: que el padre y la madre obedezcan al mandato de no eludir la maternidad, y con ello llenen el hogar de una cantidad de hijos a los que no alcanza ni el alimento, ni el buen humor, ni la capacidad educadora de los procreadores; la muerte se encarga, después de tan heroico sacrificio, de aclarar las filas; y en tanto, la madre, envejecida prematuramente, malhumorada, cuando no enferma y temerosa del tálamo, que devuelve cada minuto del legítimo placer convertido en interminables horas de dolor y de inquietud, pierde la alegría de su maternidad y, con ella, todo el encanto sexual para el esposo y éste, claro es, no tarda en encontrar su substituto extramatrimonial.

Peligros de la limitación de la maternidad

Se comprende bien que nuestro modo de pensar, compartido por tantos, pueda ser peligroso a la sociedad si se lleva hasta términos abusivos, y si, a la postre, los hombres y las mujeres llegan algún día, como predicen algunos profetas, a acudir al matrimonio olvidando que su fin primordial y esencial es la procreación; y que esta función augusta lleva aparejados, con sublimes goces del espíritu, dolores que no se deben eludir: como que en ellos se forja y adquiere su temple entrañable la paternidad verdadera, que nunca se logra por entero si no se ha sufrido por los hijos; como la personalidad del maestro, paralela a la del padre, tampoco se alcanza plenamente hasta que los discípulos nos han devuelto alguna vez el bien que se les hace, mezclado de ingratitud.

Pero tranquilicémonos; la Humanidad ha entrado, hace ya mucho tiempo, en su edad adulta y las puras verdades no pueden serle peligrosas, como lo son para los niños. Cada hombre, y sobre todo cada mujer, tienen y tendrán siempre lo suficientemente vivo el instinto de la procreación para que éste atropelle a todos los obstáculos que quieran oponérseles. Los médicos sabemos que aun en los estratos más degenerados de la sociedad hay siempre más mujeres obsesionadas por el deseo de tener hijos que por el miedo de tenerlos; y llegan, impulsadas por aquel afán, a extremos y sacrificios que no tolerarían por el temor de concebir. Puede, pues, hablarse serenamente a hombres y mujeres de regular su aptitud concepcional en forma conveniente para ellos, para sus hijos y para la moral social, sin miedo a que ocurran los desastres que nos pintan algunos. Conque las guerras se supriman y los médicos continúen su lucha triunfal contra la enfermedad, quedará ampliamente compensado el descenso voluntario de la natalidad. Claro es que la técnica de esta limitación consciente de la maternidad alcanzará su máxima perfección moral, si se basa en la separación honesta de los cónyuges, sin detrimento de la supervivencia del amor y sin relajamiento de los deberes conyugales. Nosotros no osaríamos aconsejar otra técnica que no fuese ésta: mas siempre que al seguirla se cumpla rigurosamente y de una manera bilateral. Porque si el marido tranquiliza su conciencia con la separación material de la mujer legítima, pero tranquiliza ala vez sus ins. tintos en el adulterio, como ocurre casi siempre, el médico debe tener el valor de aconsejar lo menos malo para la Humanidad, para el hogar, para el propio individuo, y seguramente para Dios, esto es, el amor entre los cónyuges, aunque sea, para la especie, intrascendente.
  

Fin  

Fuente: Gregorio Marañón. Ensayos sobre a vida sexual. (1951)
  

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