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No me citen líricos, ejemplos de esta y de la otra pareja que supo convertir
en realidad el falsísimo y absurdo refrán de "Contigo pan y cebolla".
La realidad es muy otra. Yo invito a los que leen estas páginas a que
renueven por sí mismos la siguiente experiencia: cuando, al pasar por
las calles de un pueblo -sobre todo los de nuestras Castillas-, o por
los suburbios de las grandes ciudades, donde viven los obreros, veáis
a esas mujeres que descansan con un niño en brazos y varios en torno,
o que se afanan en los quehaceres domésticos, calculad un momento su
edad y luego preguntádsela.
Aun suponiendo que estén también tocadas de la manía, tan femenina,
de amenguar sus años, yo aseguro al curioso que siga mi consejo que
sentirá muchas veces dolor y asombro al saber que apenas han pasado
de los treinta años mujeres que, consumidas por una vejez prematura,
representan cerca de cincuenta.
Y esto no es una excepción. En mi Policlínica y en mis Salas del Hospital
General, de Madrid, adonde acuden gentes de toda España, repetimos muchas
veces esta prueba, con el mismo resultado; naturalmente, no en mujeres
depauperadas por enfermedades crónicas, sino en las que vienen acompañando
a los pacientes o en las que padecen afecciones que por sí solas no
influyen en el aniquilamiento orgánico.
Pero si a estas mujeres que han perdido todos los encantos de su sexo,
agotadas, indiferentes y tristes, les preguntamos después cuántos hijos
han tenido, experimentaremos un sentimiento de alivio al escuchar que
han tenido ocho, diez, doce y con frecuencia quince o más. He aquí -pensamos
al puntounas madres admirables, que sin ningún desahogo material en
el hogar, no han vacilado en sacrificar su juventud al bien de la sociedad.
He aquí estas madres, orgullo de nuestra patria, que dan una estadística
de natalidad superior a la de los grandes países de Europa y América,
más adelantados, pero más corrompidos por el neomalthusianismo. He aquí
estas madres que, según nuestros sociólogos optimistas, nos compensan
con creces los males que pesan sobre la patria, porque no han aprendido
el arte, ya vulgarizado en otros sitios, de limitar a voluntad las fuentes
de la procreación.
Una
ley aterradora: la fecundidad de las madres está en relación directa
con la mortalidad de los hijos.
Mas preguntémoslas ahora cuántos hijos viven de los que dieron a luz,
y es seguro que nuestro optimismo se trocará en terror, porque de esos
hijos engendrados en pleno trabajo, paridos con tanto dolor, amamantados
exprimiendo hasta la medula el organismo exhausto, no quedan ni la mitad;
muchas veces, menos; quizá, sólo, uno o ninguno. Parecerá que exagero;
pero voy a copiar una estadística macabra, que nos probará que no es
así.
Esta estadística no está forjada en los antros de ningún Ministerio
u oficina pública, en los que jamás entró la verdad desnuda. La he recogido
yo mismo en el material de mi Hospital, y respondo de su exactitud.
Se refiere a 1.534 familias del proletariado y de la clase media muy
mezquina. Su simple exámen nos enseña, con conmovedora claridad, a cuánto
llega el esfuerzo maternal de la mujer ibérica, pero también a cuánto
la inutilidad de su afán. Es necesario leer bien estos números y reflexionar
sobre ellos: de 7.389 hijos, 3.451 muertos; esto es, ¡casi la mitad!
Varios de los autores que tratan de la cuestión sexual en otros países,
dan estadísticas semejantes a las nuestras en las multíparas pobres
de ciertos departamentos de Francia, de Italia y de Rusia; pero ninguna
supera a la hecatombe española.
Pensemos, serenamente, en estas realidades. Sólo un pequeño tanto por
ciento de nuestras mujeres ha dejado de contribuir a la gran obra de
nuestra repoblación; y de esas pocas, casi todas por esterilidad, pocas
por soltería, pues los pobres consideran con mayor altruísmo que los
que no lo son el problema del matrimonio, y se casan en su mayor parte.
Pero casi todos estos hijos numerosos desaparecen antes de ser hombres
o mujeres útiles, pues la madre no ha podido engendrarlos fuertes ni
cuidarles luego su debilidad o sus enfermedades: porque la escasez del
hogar no alcanza a alimentarlos suficientemente, y porque el Estado
no suple con una acción protectora la miseria familiar.
(...)
La
maternidad entristecida.
He aquí, repito, el problema más urgente, que, como una herida abierta
y sangrante, se ofrece ala acción feminista. Porque su solución depende,
claro está, de muchas cosas; sobre todo de que las condiciones materiales
de los pobres mejoren hasta parecerse a las de los ricos, y que se parezcan,
ante todo, en poder conservar a su prole como la conservan los ricos.
Con más altos jornales, con Gotas de Leche, dispensarios, asilos, etc.,
se irán logrando estas aspiraciones. Pero influye también en el estado
actual de cosas la ignorancia de mujeres y hombres en las cuestiones
del sexo, y, como consecuencia de ella, el que la inefable alegría de
la maternidad se trueque, y esto sí que parece tremenda maldición, en
fuente de inacabables tristezas.
Para esa maternidad alegre no basta que la mujer se entregue al marido,
como ahora sucede, sin más garantía que el mutuo cariño cuando existe,
pero sin ninguna defensa para su salud y la de su hijos futuros. Ni
nuestras leyes, ni los usos de nuestra sociedad, ponen cuidado en exigir
la salud de los esposos, sobre todo en aquellas enfermedades que se
puedan transmitir. Los médicos ejercemos, casi siempre con blandura,
la influencia legítima que, por encima de las leyes, nos da nuestra
profesión ante la perspectiva de matrimonios de gentes que están sometidas
a nuestra responsabilidad técnica. El secreto profesional, el descuido
al plantearnos los problemas de la raza o simplemente el deseo de ser
agradable a los demás ¡uno de los enemigos mortales de nuestra profesión!
lleva muchas veces al médico a dar el visto bueno o, por lo menos, a
hacerse el distraído ante coyundas biológicamente criminales.
Pero estos casos patológicos son, al fin, casos de excepción. Lo más
grave es que, hasta en el matrimonio normal, no hay tampoco quien instruya
a los cónyuges de que, si bien es cierto que la limitación voluntaria,
sistemática y arbitraria de la maternidad constituye un atentado contra
la sociedad y, para nosotros, los católicos, un pecado, la maternidad
inconsciente, sin atenerse a normas de fisiología, de humanidad y de
moral que no debieran olvidarse, es también inadmisible, por perjudicial
para la madre y para los hijos y por inútil para la organización humana.
Me doy cuenta de que estas afirmaciones, absolutamente ortodoxas, sonarán,
empero, con escándalo en los oídos de algunos moralistas y sociólogos
de puritanismo hipersensible; pero cuando se lleva muchos años en contacto
íntimo con el dolor de la Humanidad, no se siente uno obligado a hacer,
por el "qué dirán", el coro a los fariseos. Desde el despacho pueden
darse consejos de una perfección teórica, ilimitada. Mas la vida de
los instintos es como un torrente, entre cuyos remolinos los consejos
teóricos desaparecen como briznas de papel. El gran dilema imperativo
es éste: si se acepta la prohibición rigurosa de la limitación voluntaria
de la maternidad, se abre automáticamente la puerta al adulterio.
Claro que hay algunos ejemplos de parejas admirables que han hecho un
templo del hogar, henchido de hijos, y en él han encontrado la casta
satisfacción de todos sus deseos. Pero es inútil predicar con excepciones,
y notoria es la excepcionalidad de estos ejemplos. Lo corriente es lo
otro: que el padre y la madre obedezcan al mandato de no eludir la maternidad,
y con ello llenen el hogar de una cantidad de hijos a los que no alcanza
ni el alimento, ni el buen humor, ni la capacidad educadora de los procreadores;
la muerte se encarga, después de tan heroico sacrificio, de aclarar
las filas; y en tanto, la madre, envejecida prematuramente, malhumorada,
cuando no enferma y temerosa del tálamo, que devuelve cada minuto del
legítimo placer convertido en interminables horas de dolor y de inquietud,
pierde la alegría de su maternidad y, con ella, todo el encanto sexual
para el esposo y éste, claro es, no tarda en encontrar su substituto
extramatrimonial.
Peligros
de la limitación de la maternidad
Se comprende bien que nuestro modo de pensar, compartido por tantos,
pueda ser peligroso a la sociedad si se lleva hasta términos abusivos,
y si, a la postre, los hombres y las mujeres llegan algún día, como
predicen algunos profetas, a acudir al matrimonio olvidando que su fin
primordial y esencial es la procreación; y que esta función augusta
lleva aparejados, con sublimes goces del espíritu, dolores que no se
deben eludir: como que en ellos se forja y adquiere su temple entrañable
la paternidad verdadera, que nunca se logra por entero si no se ha sufrido
por los hijos; como la personalidad del maestro, paralela a la del padre,
tampoco se alcanza plenamente hasta que los discípulos nos han devuelto
alguna vez el bien que se les hace, mezclado de ingratitud.
Pero tranquilicémonos; la Humanidad ha entrado, hace ya mucho tiempo,
en su edad adulta y las puras verdades no pueden serle peligrosas, como
lo son para los niños. Cada hombre, y sobre todo cada mujer, tienen
y tendrán siempre lo suficientemente vivo el instinto de la procreación
para que éste atropelle a todos los obstáculos que quieran oponérseles.
Los médicos sabemos que aun en los estratos más degenerados de la sociedad
hay siempre más mujeres obsesionadas por el deseo de tener hijos que
por el miedo de tenerlos; y llegan, impulsadas por aquel afán, a extremos
y sacrificios que no tolerarían por el temor de concebir. Puede, pues,
hablarse serenamente a hombres y mujeres de regular su aptitud concepcional
en forma conveniente para ellos, para sus hijos y para la moral social,
sin miedo a que ocurran los desastres que nos pintan algunos. Conque
las guerras se supriman y los médicos continúen su lucha triunfal contra
la enfermedad, quedará ampliamente compensado el descenso voluntario
de la natalidad. Claro es que la técnica de esta limitación consciente
de la maternidad alcanzará su máxima perfección moral, si se basa en
la separación honesta de los cónyuges, sin detrimento de la supervivencia
del amor y sin relajamiento de los deberes conyugales. Nosotros no osaríamos
aconsejar otra técnica que no fuese ésta: mas siempre que al seguirla
se cumpla rigurosamente y de una manera bilateral. Porque si el marido
tranquiliza su conciencia con la separación material de la mujer legítima,
pero tranquiliza ala vez sus ins. tintos en el adulterio, como ocurre
casi siempre, el médico debe tener el valor de aconsejar lo menos malo
para la Humanidad, para el hogar, para el propio individuo, y seguramente
para Dios, esto es, el amor entre los cónyuges, aunque sea, para la
especie, intrascendente.
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