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El despertar precoz
del instinto sexual se traduce en el niño y en el adolescente por el
onanismo. Es conveniente no temer demasiado las consecuencias de los
hábitos viciosos, que sólo traen una sacudida irremediable del organismo
en un número limitado de casos, en niños que presentan casi todos estigmas
de degeneración; esto no quiere decir que no deba vigilarse atentamente
al niño cuando llaman la atención ciertos síntomas.
son
algunas señales que no dejan lugar a duda: el niño pierde su alegría
natural, se vuelve taciturno, y busca el aislamiento, o por el contrario
la compañía de un camarada sospechoso. Le salen ojeras y su tez palidece;
si se le interroga se queja de dolores en la espalda y en los riñones
y de gran cansancio; una vigilancia constante permite darse cuenta tarde
o temprano de la causa a que obedecen las diferentes molestias manifestadas
por el niño.
Conviene no perder el tino una vez que se haya hecho esta comprobación,
y no aterrar al niño con amenazas, o con el cuadro terrorífico de las
posibles consecuencias de su vicio. Es preciso convencerlo con palabras
mesuradas y en tono amistoso, de que debe abandonar cuanto antes las
prácticas viciosas a que se dedica, darle a entender que puede comprometer
su salud y afirmarle que las molestias que experimenta desaparecerán
rápidamente una vez que haya renunciado a su inclinación. La psicoterapia
es, pues, el principal elemento del tratamiento, pero no es el único;
además hay que procurar que el niño lleve una vida activa, dedicándose
a los ejercicios físicos y a los deportes adecuados a su edad; con la
fatiga muscular se modera el eretismo nervioso.
La pubertad del niño.
En el niño el tránsito de la infancia a la pubertad no está marcado por un hecho brutal y preciso como la menstruación; salvo ciertas modificaciones físicas bien conocidas, lo que caracteriza la pubertad masculina es sobre todo un
fenómeno psíquico: el despertar del instinto sexual.
Este instinto, que no puede recibir satisfacciones inmediatas en el momento de su aparición, es para el joven ocasión de profundos trastornos del psiquismo, que se revelan en la elección de las lecturas, la tendencia a la absorción, la busca de la compañía de muchachas y mujeres.
Siempre hay que temer la perversión de este instinto, es decir, la práctica de vicios solitarios, perjudiciales a la salud; y que, cuando se perpetúan (como ocurre en los niños en potencia de herencia nerviosa) pueden determinar trastornos graves y hasta conducir a la impotencia definitiva. La madre no es la más indicada para dar a su hijo los consejos necesarios, pues su pudor rechaza esta delicada tarea. Es, pues, el padre solo el que tiene el deber de poner en guardia a su hijo contra los peligros que ofrece la práctica del onanismo.
Se ha escrito muchas y repetidas veces que la enseñanza moral y las prácticas religiosas son para el joven un preservativo contra los impulsos sexuales. Sin negar la influencia de la moral y de la religión, séanos permitido hacer constar que a menudo el temperamento es más fuerte.
Son muy raros los muchachos a quienes pueden aplicarse estos versos, tantas veces citados:
Vió a la voluptuosidad
que le tendía la mano
y siguió la virtud que le pareció más bella.
Más vale, en suma: contar con la influencia de la la cultura física tomada en su acepción más amplia, así como con la
influencia educativa paterna.
La vida al aire libre y la práctica de los deportes permiten al muchacho gastar el exceso de sus fuerzas y determinan en él una fatiga sana que lo aparta de las preocupaciones sexuales.
Conviene sin duda no exagerar el valor de este derivativo y no considerarlo como absoluto, pero por eso deja de constituir un freno poderoso.
Papel de los padres en la educación sexual.
Por otro lado, la influencia psíquica de los padres es preponderante, pero para ser eficaz debe ejercerse de un modo continuo, y exige una maestría y una autoridad moral que no todos poseen.
En todo caso, no basta, para perfeccionar la educación sexual del joven, tener con él una conversación única y breve, en la que el padre parece exonerarse de una misión enojosa. No basta tampoco tomar un tono autoritario que intimida a los jóvenes púdicos y reservados y más tarde los aparta de tomar como confidente a su padre.
Conviene, por el contrario, desde la primera conversación, entablarla en tono amistoso, haciendo comprender al joven que, si la castidad hasta el matrimonio es un ideal respetable, se concibe muy bien que no se realice, pero que su salud, así como el cuidado de su personalidad moral, exigen en la práctica de la vida sexual precauciones que sólo le permitirán tomar los consejos de un padre experimentado.
Es preciso ante todo poner al adolescente en guardia contra el abuso de las relaciones sexuales, causa de debilitación y de decaimiento físico; es preciso además exponerle los peligros de las enfermedades venéreas y en especial de la sífilis; no temer, a este respecto, entrar en los detalles más minuciosos, enseñando que la sífilis es una enfermedad cuya curación absoluta es incierta; que durante todo el curso de la existencia hace correr peligros graves y hasta puede acarrear la muerte, y además transmitirse a la descendencia, y que finalmente exige un tratamiento penoso y de muy larga duración.
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