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Los efectos del onanismo
por el Dr. Gaston Lyon

 
columna fina
ISBN: 9788478449026
Arte y erotismo en el mundo clásico
de Carmen Sánchez
ISBN: 9788497421393
El jardín de Venus: cuentos eróticos y burlescos con una coda de poesías verdes
de Felix Maria Samaniego
ISBN: 9788408065616
Tu sexo es aún más tuyo
de Sylvia de Bejar
Manual del sexo iluminado: habilidades sexuales para el amante superior
de David Deida
ISBN: 9788467020571
Por amor al deseo: historia del erotismo
de Gregorio Morales
 

La cruzada contra la masturbación infantil que se inició en el siglo XIX, ha dejado en la mentalidad científica y popular la falsa idea de que el ejercicio del autoerotismo produce prejuicios irremediables para la salud. En este texto, de los años treinta, el autor ofrece curiosas indicaciones para distinguir si un niño se masturba, observando su aspecto ojeroso y pálido, vigilando si sufre molestias y dolores. Le propone además al padre, ya que en su opinión la madre debe mantenerse al margen de estos asuntos, que se acerque con afabilidad a su hijo para animarle a mantener la castidad hasta el matrimonio. 
  

El despertar precoz del instinto sexual se traduce en el niño y en el adolescente por el onanismo. Es conveniente no temer demasiado las consecuencias de los hábitos viciosos, que sólo traen una sacudida irremediable del organismo en un número limitado de casos, en niños que presentan casi todos estigmas de degeneración; esto no quiere decir que no deba vigilarse atentamente al niño cuando llaman la atención ciertos síntomas. 

son algunas señales que no dejan lugar a duda: el niño pierde su alegría natural, se vuelve taciturno, y busca el aislamiento, o por el contrario la compañía de un camarada sospechoso. Le salen ojeras y su tez palidece; si se le interroga se queja de dolores en la espalda y en los riñones y de gran cansancio; una vigilancia constante permite darse cuenta tarde o temprano de la causa a que obedecen las diferentes molestias manifestadas por el niño.

Conviene no perder el tino una vez que se haya hecho esta comprobación, y no aterrar al niño con amenazas, o con el cuadro terrorífico de las posibles consecuencias de su vicio. Es preciso convencerlo con palabras mesuradas y en tono amistoso, de que debe abandonar cuanto antes las prácticas viciosas a que se dedica, darle a entender que puede comprometer su salud y afirmarle que las molestias que experimenta desaparecerán rápidamente una vez que haya renunciado a su inclinación. La psicoterapia es, pues, el principal elemento del tratamiento, pero no es el único; además hay que procurar que el niño lleve una vida activa, dedicándose a los ejercicios físicos y a los deportes adecuados a su edad; con la fatiga muscular se modera el eretismo nervioso.   

La pubertad del niño. 

En el niño el tránsito de la infancia a la pubertad no está marcado por un hecho brutal y preciso como la menstruación; salvo ciertas modificaciones físicas bien conocidas, lo que caracteriza la pubertad masculina es sobre todo un fenómeno psíquico: el despertar del instinto sexual. 

Este instinto, que no puede recibir satisfacciones inmediatas en el momento de su aparición, es para el joven ocasión de profundos trastornos del psiquismo, que se revelan en la elección de las lecturas, la tendencia a la absorción, la busca de la compañía de muchachas y mujeres. 

Siempre hay que temer la perversión de este instinto, es decir, la práctica de vicios solitarios, perjudiciales a la salud; y que, cuando se perpetúan (como ocurre en los niños en potencia de herencia nerviosa) pueden determinar trastornos graves y hasta conducir a la impotencia definitiva. La madre no es la más indicada para dar a su hijo los consejos necesarios, pues su pudor rechaza esta delicada tarea. Es, pues, el padre solo el que tiene el deber de poner en guardia a su hijo contra los peligros que ofrece la práctica del onanismo. 

Se ha escrito muchas y repetidas veces que la enseñanza moral y las prácticas religiosas son para el joven un preservativo contra los impulsos sexuales. Sin negar la influencia de la moral y de la religión, séanos permitido hacer constar que a menudo el temperamento es más fuerte. Son muy raros los muchachos a quienes pueden aplicarse estos versos, tantas veces citados: 

Vió a la voluptuosidad que le tendía la mano
y siguió la virtud que le pareció más bella.

Más vale, en suma: contar con la influencia de la la cultura física tomada en su acepción más amplia, así como con la influencia educativa paterna. 

La vida al aire libre y la práctica de los deportes permiten al muchacho gastar el exceso de sus fuerzas y determinan en él una fatiga sana que lo aparta de las preocupaciones sexuales. 

Conviene sin duda no exagerar el valor de este derivativo y no considerarlo como absoluto, pero por eso deja de constituir un freno poderoso. 

Papel de los padres en la educación sexual. 

Por otro lado, la influencia psíquica de los padres es preponderante, pero para ser eficaz debe ejercerse de un modo continuo, y exige una maestría y una autoridad moral que no todos poseen. 

En todo caso, no basta, para perfeccionar la educación sexual del joven, tener con él una conversación única y breve, en la que el padre parece exonerarse de una misión enojosa. No basta tampoco tomar un tono autoritario que intimida a los jóvenes púdicos y reservados y más tarde los aparta de tomar como confidente a su padre. 

Conviene, por el contrario, desde la primera conversación, entablarla en tono amistoso, haciendo comprender al joven que, si la castidad hasta el matrimonio es un ideal respetable, se concibe muy bien que no se realice, pero que su salud, así como el cuidado de su personalidad moral, exigen en la práctica de la vida sexual precauciones que sólo le permitirán tomar los consejos de un padre experimentado. 

Es preciso ante todo poner al adolescente en guardia contra el abuso de las relaciones sexuales, causa de debilitación y de decaimiento físico; es preciso además exponerle los peligros de las enfermedades venéreas y en especial de la sífilis; no temer, a este respecto, entrar en los detalles más minuciosos, enseñando que la sífilis es una enfermedad cuya curación absoluta es incierta; que durante todo el curso de la existencia hace correr peligros graves y hasta puede acarrear la muerte, y además transmitirse a la descendencia, y que finalmente exige un tratamiento penoso y de muy larga duración.

Fin  

Fuente: Dr. Gaston Lyon. El libro de las madres. Gustavo Gili (1932)
  

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