Cosa harto difícil es tratar con acierto del modo de procurar la salvación
de las indios. Porque, en primer lugar, son muy varias las naciones
en que están divididos, y muy diferentes entre sí, tanto en el clima,
habitación y vestidos, como en el ingenio y las costumbres; y establecer
una norma común para someter al evangelio y juntamente educar y regir
a gentes tan diversas, requiere un arte tan elevado y recóndito, que
nosotros confesamos ingenuamente no haberlo, podido alcanzar. Además
que las cosas de las Indias no duran mucho tiempo en un mismo ser, y
cada día cambian de estado, de donde resulta que con frecuencia hay
que reprobar en un punto como nocivo lo que poco antes era admitido
como conveniente. Por lo cual es asunto arduo, y poco menos que imposible,
establecer en esta materia normas fijas y durables; porque como es uno
el vestido que conviene a la niñez, y otro el que requiere la juventud,
así no es maravilla que, variando tanto la república de los indios en
instituciones, religión y variedad d de gentes, los predicadores del
evangelio apliquen muy diversos, modos y procedimientos de enseñar y
convertir. Y ésta es la razón de que los escritores que antes de ahora
han escrito de cosas de Indias con piedad y sabiduría, en nuestra edad
apenas son leídos, porque se les juzga poco acomodados al tiempo presente;
y no será mucho presumir, que los que ahora escriben de modo conveniente,
no pase mucho tiempo sin que sean también relegados al olvido.
Es
un error vulgar tomar las Indias por un campo o aldea, y como todas
se llaman con un nombre, así creer que son también de una condición.
Los que lean estas páginas verán que nosotros, con ánimo imparcial,
decimos de igual manera lo bueno que lo malo, lo dulce que lo amargo.
Porque Dios nos es testigo que no deseamos ni procuramos otra cosa que
transmitir a los demás lo que tenemos bien averiguado, persuadidos que
Dios no necesita de nuestros engaños. Y por ser las naciones de indios
innumerables, y cada una con sus ritos propios, y necesitar ser instruída
de modo distinto, y no sentirme yo con disposición para tanto, por serme
desconocidas muchas de ellas, y aunque las conociera todas, sería trabajo
interminable; por todo eso he preferido ceñirme principalmente a los
indios del Perú, pensando así ser más útil a todos los demás. Y esto
por dos razones: la una, por serme a mí más conocidas las gentes del
Perú; la otra, porque siempre he creído que estos indios ocupan como
un lugar intermedio, entre los otros, por donde con más facilidad se
puede por ello hacer juicio de los demás. Pues aunque llamamos indios
todos los bárbaros que en nuestra edad han sido descubiertos por los
españoles y portugueses, los cuales todos están privados de la luz del
evangelio y desconocen la policía humana; sin embargo, no todos son
iguales, sino que va mucho de indios a indios, y hay unos que se aventajan
mucho a los otros.
Algunos
han creído que por causa de crímenes contra la naturaleza es lícito
a los nuestros hacer la guerra a los bárbaros. Puesto que se reservó
Jesucristo, juez de vivos y muertos, el castigo de la infidelidad, aun
de la pertinaz y positiva, como dicen los teólogos, y ninguna ley eclesiástica
da derecho a castigar a los infieles rebeldes, viene ahora la discusión
de lo que puede con razón ponerse en duda, a saber: si, dejada aparte
la causa de la fe, es lícito hacer guerra a los bárbaros por la poderosa
razón de que cometen muchos y atroces crímenes contra la ley natural.
Es decir, si se les puede forzar a que dejen la idolatría y ritos sacros
abominables, el trato frecuente con el demonio, el pecado nefando con
varones, los incestos con hermanas y madres, y demás crímenes de ese
género.
Sería
largo enumerar todas sus abominaciones, cómo se matan unos a otros sin
causa, mezclan sus borracheras con sangre, tienen muchos como gran placer
comer carne humana, otros inmolan niños inocentes a sus ídolos, otros
celebran las exequias de los suyos vertiendo sangre ajena, y casi todos
consideran la fuerza y robustez natural como apta tan sólo para hacer
daño y saciar la ira, en todo iguales a bestias feroces, que toman naturalmente
por presa suya los animales de menos fuerzas; y lo mismo es para ellos
ser más fuertes que tener derecho a robar y saquear, y ser débil que
quedar sujeto a la voluntad y antojo del más fuerte. Cuánta sea la fiereza
de los bárbaros y cuán extendida por todo este Nuevo Mundo tan dilatado,
cuáles sus ritos monstruosos, qué grande la tiranía de las leyes y los
señores, requeriría un buen volumen para referirlo todo exactamente.
Las
crónicas e historias de Indias, aunque refieren muchas cosas, son, sin
embargo, muy inferiores a la realidad. Porque, en cuanto atañe a nuestro
propósito, es cierto que las costumbres de la mayor parte de los indios
son propias de fieras, y tales que hacen verdadero el cuento de la fábula,
que había unos que eran hombres en la cara, y en el cuerpo, peces, o
lobos, o jabalíes. Brama, pues, de ira la turba de nuestros hombres
y se alborota cuando oye referir estas atrocidades, o las ve con sus
propios ojos, y se creen los soldados vengadores justísimos de tan grandes
maldades, y cuanto alcancen a hacer con la espada, la muerte o el fuego
contra tan abominables quebrantadores de la ley natural lo tienen a
gloria; y, finalmente, sus entradas guerreras contra los bárbaros las
ostentan como dignísimas de alabanza y premio ante Dios y los hombres.
Y
no han faltado abogados y patrocinadores de esta opinión del vulgo.
Unos porque dicen que tiene poder la Iglesia y su cabeza el romano Pontífice
para castigar estos crímenes de los gentiles, en cuya opinión no me
detengo por quedar ya refutada más que con nuestras palabras con las
del apóstol, que, con ocasión del crimen de incesto en Corinto, el cual
nadie ignora que es contra la ley natural, reprendió duramente a los
fieles, pero dió testimonio que de los que eran de fuera, es a saber,
los paganos, no le tocaba a él juzgarlos.
Otros
más probablemente creen aportar una buena razón, atribuyendo el derecho
de castigar los crímenes contra naturaleza no a la Iglesia, sino a cualquier
príncipe, por precepto de la misma ley natural, al cual dan potestad
y aun deber de decidir con su espada cuando una república está vejada
por leyes y usos criminales y no quiere ponerse en razón; y después
de someterla por la fuerza de las armas, imponerle leyes justas. Y si
se les pregunta, entre muchos príncipes que son sabios y honrados, o
se creen serlo, cuál ha de emprender este hecho sobre los demás, responden
que, como en las otras cosas que la naturaleza hizo comunes, se ha de
preferir la primera ocupación.
Por
tanto, pueden los españoles por derecho natural sujetar por las armas
a estos bárbaros, una vez que el romano Pontífice les encomendó estas
provincias, y ellos los primeros pasaron sus banderas vencedoras más
allá de las columnas de Hércules y las llevaron a tierras dilatadísimas
completamente ignoradas de la antigüedad. Y no es extraño que perdiesen
los indios sus fortunas, cuando se les podía justísimamente quitar las
vidas en castigo de sus grandes maldades. Y porque algunos dan importancia
a esta opinión, y ella es conforme al gusto popular, es necesario que
examinemos las razones que traen para su confirmación.
Es
doctrina de Aristóteles, dicen, que la naturaleza en lo que puede proveer
con la razón manda y es señora, y en lo que hace con el cuerpo, obedece
y es sierva. Y más abajo: Los bárbaros no tienen nada en que la naturaleza
sea señora, por lo cual cantan los poetas que los griegos conviene que
dominen a los bárbaros, y por naturaleza lo mismo es ser bárbaro que
siervo.
Habiendo,
pues, sido hallados estos nuestros indios sobre manera bárbaros y feroces,
y no estando dotados de razón para regirse a sí mismos y sus cosas,
la misma naturaleza dispone que estén sometidos y obedezcan a los que
los pueden señorear rectamente y gobernarlos de modo conveniente; y
si resisten, el mismo autor enseña que se los debe someter por las armas.
Conviene, dice, usar de la guerra contra las bestias y contra los
hombres que, nacidos para obedecer, rehusan estar sujetos, porque por
ley natural es justa esta guerra.
En
otro lugar declara el filósofo su sentir sobre la guerra contra los
bárbaros por estas palabras: No hay que acometer -dice- las
cosas de la guerra para reducir a servidumbre los que no la merecen,
sino primeramente, para no ser compelidos ellos a servir a otros; en
segundo lugar, para obtener el imperio en utilidad de los sometidos
a él, no el imperio por sí mismo: finalmente, para someter a servidumbre
a los que son dignos de ella.
A
lo mismo pueden reducirse algunos sucesos de la historia de los romanos,
los cuales por su rectitud y buen juicio se cree llegaron a apoderarse
del mundo, decretándolo así los divinos consejos, cuyo imperio lo vemos
alabado de los santos Padres, y lo que es más, de las mismas divinas
Letras. Pero mucho más se aventajan los cristianos a los bárbaros. que
antiguamente los romanos a los demás pueblos. La segunda razón es que
los hijos de Israel sometieron por la guerra a los amorreos y demás
pueblos, por su idolatría, como largamente refiere el libro de Josué
y el de la Sabiduría. Pues, ¿por qué no ha de ser permitido a los cristianos
adoradores del verdadero Dios vengar sus injurias y traer a los idólatras
al culto de su criador? La tercera es que si viviesen los hombres en
el estado de ley natural, antes de que se formasen los reinos o se estableciese
república y modo de gobierno, sería lícito al varón sabio y virtuoso
retraer al malvado de sus crímenes por la palabra o por la fuerza, y
castigar al contumaz, a no ser que creamos a la naturaleza tan descuidada
de sí que no señalase ningún juez natural de sus leyes. y a nadie poder
para dominar. Pues de la misma manera una república bien constituída
tendrá también derecho de forzar a los bárbaros a vivir conforme a las
normas de la razón: porque de lo contrario, muchos crímenes atrocísimos
quedarían naturalmente sin enmienda ni aun posibilidad de ella; lo cual
es en gran manera absurdo. Añádase a esto que si una república llegase
a ser gobernada por niños o por hombres sin juicio y medio dementes,
con grave detrimento de los súbditos, sería lícito por ley de caridad
a los príncipes vecinos, de derecho natural, si no pudiesen remediar
de otra manera la mala administración de aquéllos. acudir a la fuerza
de las armas para obligar al pueblo y a los magistrados a que se eligiesen
un príncipe idóneo o, si no pudiesen conseguirlo, tomar ellos mismos
la pública administración aunque reclamasen ellos gravemente. Pues bien:
la nación de los indios tiene menos de equidad. juicio y prudencia que
si fuesen niños o varones de juicio insano. ¿Por qué, pues, se ha de
condenar que se les quite el principado por la fuerza, para su bien
y a fin de que vivan en paz?
Finalmente,
cualquiera puede defender al inocente de una injuria o de la muerte,
y si es necesario castigar al agresor, dañándole en su fortuna o en
su misma vida. Pues cosa manifiesta es que entre estos bárbaros se cometen
innumerables daños de inocentes, cuando cogen al primero que encuentran
y le dan la muerte; y aun con los suyos son feroces, matando los niños
y las mujeres y la plebe miserable, hasta el punto de haberse hallado
muchos lugares inundados de sangre humana como si fuesen mataderos,
de lo cual puede dar abundantes ejemplos el imperio mejicano. Por lo
cual no sólo aparece lícito, antes conforme a razón, domar principalmente
con las armas a bárbaros tan furiosos e insanos.
Estas
son las principales razones que traen algunos en favor de la guerra
contra los indios..